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domingo, 24 de mayo de 2015

Marcial Roldán García

Nació en el seno de la familia formada por Elina García, nativa de San Luis y Cirilo Roldán, nacido en la zona del Bragado, provincia de Buenos Aires. Su llegada a este mundo se produjo en una chacra de Loventuel, en la que estaban viviendo sus padres.

Fue el año siguiente del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Sus progenitores decidieron registrarlo con un nombre nada común, lo llamaron Marcial. Por aquellos años lo usual era que se le impusiera a los hijos el nombre del padre, del abuelo, del santo del calendario o por algún otro hecho muy particular. El Cura italiano que lo bautizó tres meses después el misionero Juan Roggerone, lo anota como Marziano Francisco.
El Francisco no aparece en el acta de nacimiento en el Registro Civil. Los curas tenían la costumbre de poner el nombre del Santo del Día o el que aparecía el día del bautismo.

La abuela Elina, tenía un hermano que llevaba ese nombre y su propio padre se llamaba Francisco, así que es probable que haya sido tomado de allí por alguna referencia de esa circunstancia.
Una estrofa de un poema de Rafael Obligado, que solía utilizarse para la jura de la bandera dice: 
"En la profunda quebrada,
al pie del cerro vecino
suena el clarín argentino
tocando inmensa llamada.
Sereno el pecho, la espada
a mal guardar, la visera
alta en la frente guerrera,
marcial y firme la planta
Manuel Belgrano levanta
con muda fe su bandera."



Habrá sido ese el origen o hay algún otro motivo que aún no conocemos. Por lo pronto el diccionario de la real Academia Española expresa que se dice marcial al: "que camina muy erguido, con firmeza, como los militares", pero el topónimo de nombres dice: guerrero, nacido bajo el signo de Marte, nombre de origen latino.

Lo cierto es que el niño se crió entre los animales de la chacra, con sus hermanas y otro hermano. Fue alumno de la escuela de las "chacras de Loventuel", que por esos años dirigía el maestro don Félix Romero, que había sido uno de los testigos del casamiento de Elina y Cirilo. Cursó solo los tres primeros grados, pero eso le alcanzó para leer y escribir bien con buena letra y además lograr la habilidad de hacer cálculos mentales con exactitud.

Como todo joven buscó evadirse de las obligaciones caseras los fines de semana para irse al pueblo más cercano donde encontrar diversiones. Así fue como su primera diversión fue integrar el equipo de fútbol "Unidos de Loventuel", en el que también jugaba su cuñado Félix Sad, casado con su hermana Delicia Timotea. El tenía condiciones físicas interesantes para dicho deporte era alto, flaco y saltaba bien para cabecear.

La práctica de ese primer deporte lo llevó a Victorica, dado que allí estaba el rival Cochicó y luego Juventud Unida, equipos de mayor experiencia. Allí se anotició de los bailes y las grandes kermeses que organizaba la gente de la Sociedad Italiana "Umberto 1º", la única institución que tenía salón propio y un amplio patio con unos hermosos caldenes para actividades al aire libre.

Fue en esos años que se inició en el otro deporte que practicaría durante toda su vida activa: la pelota a paleta en el frontón. Por eso se lo ve en la foto de abajo donde me tiene en sus brazos vestido todo de blanco.
Fue en ese lugar donde probablemente conoció a la joven Trinidad, la hija mayor del italiano Luigi Cesanelli y Jacinta Paz, quien se dedicaba con su empresa a la construcción a realizar obras no sólo en el pueblo sino también en los campos y en las chacras de la zona. Después que murió su padre y viendo que el clima de la década del treinta hacía imposible que una pequeña chacra de solo cien hectáreas diese recursos suficientes para toda la familia, intentó probar suerte fuera de su hogar. Sus hermanas, algunas se habían casado y otras se habían ido, junto con su hermano Cristóbal a Buenos Aires en busca de trabajo y mejor suerte (Elina y Trinidad).

Casiana Hipolita se había casado con el francés Juan de la Nava, quien en la década de 1920/30 tenía explotación de bosques. O sea extracción de madera del bosque nativo para alambrar campos (postes, varillas y esquineros), o leña para el mismo ferrocarril o para las panaderías de la Pampa Central y la provincia de Buenos Aires.

Le gustaba bailar y además cantar, aunque esto lo hacía solo en el seno del hogar. Recuerdo haberlo escuchado entonar tangos, valses y otras canciones de la década del cuarenta en la cocina, mientras esperábamos que mamá Trinidad terminase de hacer la cena.

Se casó con Trinidad hacia fines del año 1941 y como no tenía trabajo fijo, su suegro le proveyó el terreno y los materiales y el levantó su modesta casita a una cuadra de "Los Pisaderos". Dos habitaciones, una cocina y el retrete más allá de la leñera  y del gallinero. Bien lejos para que el agua del pozo no se contaminara.
Así pasaron los primeros años de casado, haciendo changas, trabajos por cuenta propia. Fue juntador de maíz, albañil, pintor de brocha gorda, conductor de taxi y trabajador a destajo para las cosechas. Recién a mediados del año 1944 llegó el primer hijo. Su suegro le prestaba el camión para que fuesen a visitar a su madre a la chacra y hacerle conocer al nieto. El que iba a tener más cerca, porque los otros habían nacido en Buenos Aires y venían una vez o dos al año cuando sus padres podían.

Pasaron unos cuantos años, hasta que el líder del peronismo en Victorica, el Juez de Paz don Domingo Di Dio, lo incluyó en la lista de personal a designar cuando se inaugurase la Escuela Agrícola, la que comenzó a funcionar el mes de abril del año 1952.

Eso le cambió las posibilidades para la familia, que ya se había incrementado y que seguiría creciendo hasta alcanzar seis hijos, cuatro varones y  dos mujeres. La primera comodidad hogareña fue conectar la luz eléctrica. Hasta el año 1952 nos alumbrábamos con farol y lámparas a kerosene. La primera radio que hubo en casa funcionaba a acumulador, a mí me tocó la tarea de llevar a cargarla a la Cooperativa con una carretilla vieja que él había rescatado.

Después fue la incorporación del primer bien del hogar para aliviarle la tarea a Trinidad que tenía que lidiar todas las mañanas, invierno y verano con la leña para la cocina. Para eso cerró el corredor y allí instaló la cocina a gas de garrafa. Después al año siguiente luego de terminar de pagar las cuotas de la cocina, llegó el lavarropas y mamá Trinidad jubiló la batea que durante tantos años, inviernos y veranos había sido su compañera.
Cuando lo derrocaron a Perón, hubo temor en la familia, porque en la escuela se produjeron traslados y cesantías de simpatizantes y afiliados al peronismo local. Marcial siempre había asistido a todas las manifestaciones públicas, como aquellas dos veces en que el General Juan Pistarini se había hecho presente en la localidad. O cuando murió Evita en julio del año 1952 en que se puso en el brazo la cinta negra en señal de duelo.

La primera en el año 1949 cuando llegó a Victorica junto con su esposa para dejar inaugurado el nuevo edificio del Hospital, que recibió como homenaje el nombre de su madre "Luisa Pedemonte de Pistarini". La segunda visita cuando dejó inaugurado el edificio para la Escuela Agrícola los primeros días del mes de abril del año 1952.

Marcial además había viajado a Buenos Aires cuando llegaban los trenes gratis para quienes quisieren ir a la conmemoración del Día del Trabajador y para los festejos del Día de la Lealtad, cada 17 de octubre. Pero cuando se enteró que habían volteado el monumento a Pistarini en la plaza y que habían sacado las placas, clausurado la Unidad Básica, decidió hacer desaparecer el libro que le habían regalado "La Razón de mi Vida".
Cuando Trinidad le dijo que su hijo mayor había decidido irse a Santa Rosa a estudiar en la Universidad, entonces tomó la decisión de trasladar a toda la familia. Se vino un año antes, renunció a su empleo en la Escuela Agrícola y se instaló en una casa alquilada en Santa Rosa. Era el año 1962, no le fue fácil conseguir trabajo, así que mientras trataba de encontrar a algunos amigos de la juventud que estaban en la capital pampeana para que lo orientaran, tomó algunas changas como jornalero en actividades agropecuarias.

También se dedicó a trabajos de albañilería, mientras mis hermanos y hermanas mayores también tempranamente ingresaban al mercado laboral de Santa Rosa en aquellos primeros años de la década del sesenta cuanto todavía funcionaba a pleno el Molino Werner, el Ferrocarril Domingo Faustino Sarmiento y a pocos metros se había instalado la distribuidora de gaseosa Fanta en la primera cuadra de la actual calle Santiago del Estero.

Al año siguiente un amigo le consiguió que lo contrataran de sereno en los galpones que el Ente Provincial del Río Colorado tenía sobre la calle Falucho. Ahí trabajó muchos años con sus amigos Bergín, Cuevas y otros.
Después lo trasladaron al Centro Cívico, donde cumplió sus últimos años de vida laboral activa hasta que se jubiló. El acceso a ese trabajo estable y con un préstamo del Instituto de Seguridad Social accedió a la compra de una casa propia en la Villa Alonso.

Desde ese lugar le quedaba cerca el trabajo. Pero después que cumplía con sus obligaciones tomaba su bicicleta, en la que anduvo siempre, porque nunca  fue propietario de auto propio. Sin embargo con esa bicicleta se llegaba hasta la cancha de paleta para continuar con su deporte preferido. Juan Carlos Carassay en su libro lo menciona como uno de los veteranos que esperaba a que le dieran lugar para jugar algún partido.
Sus hijos e hijas se casaron y comenzaron a llegar los nietos, la casa de la esquina de Victoria y Tucumán, fue visitada permanentemente y fue el lugar de la alegría de los abuelos. El proseguía con algunas costumbres que había adquirido en su juventud, pero ahora como espectador.

Continuaba escuchando radio, amaba el box. Recuerdo que escuchábamos en Victorica las peleas que se transmitían en la década del cincuenta en la radio a acumulador. Cuando llegó la televisión a Santa Rosa, en la década del setenta, este fue un gran entretenimiento para Marcial y Trinidad, sobre todo para ella que siempre fue muy de su hogar.
En Santa Rosa no se perdía ninguna pelea de los boxeadores pampeanos de la década del sesenta. Cada vez que había encuentros en el Club Fortín Roca o en cualquier otro lugar el estaba presente. Incluso le gustaba ir a ver los entrenar.

También le gustaba jugar al billar, juego que había aprendido en su juventud en Victorica y el que practicaba con muy buena habilidad. Por otro lado también era conocedor y habilidoso de todos los juegos con la baraja española como el truco, el chinchón, la escoba.

Se quedó dormido en la paz del Señor una noche de un 24 de mayo de hace más de veinte años. Fue en su propia casa. Nuestro hermano Juan Carlos que estaba de visita fue a despedirse y se encontró con que no le respondió.

domingo, 14 de agosto de 2011

ALFREDO GESUALDI

De lustrabotas a "oráculo" lugareño.
En el denominado “Barrio Latino” de Victorica, del entonces Territorio Nacional de La Pampa Central, a principios de la década del veinte del siglo XX, vivía la familia del italiano Anunciado Gesualdi, que había formado su hogar con una paisana, cuya familia residía en la misma manzana.
Don Anunciado desposó a Teresa Piccolomini, a quien había entregado su corazón, probablemente en alguna de las reuniones bailables que solían realizarse en la Sociedad Italiana, a una cuadra de sus propias viviendas.


Anunciado fue uno de los fundadores de la Asociación de Socorros Mutuos “Humberto 1º” que inauguró a principios de la década del Centenario de Argentina un espléndido salón.
De esa unión nacieron once hijos. Tres varones y ocho mujeres. Típica familia numerosa de los estratos sociales más pobres de aquellos tiempos.




El 25 de noviembre del año 1921, llegó al seno de la familia el segundo varoncito, al que bautizaron con el nombre de Alfredo.
Por ésos años don Anunciado trabajaba de alambrador. Recién después de la década de la abundancia, luego de la llegada del ferrocarril a la zona en 1908 y con la Argentina constituida en “el Granero del Mundo”, exportadora de lanas, cueros, carnes y cereales, los campos de la zona comenzaron a alambrarse. Había mucho trabajo para las comparsas de esquiladores, para los troperos y para los alambradores.



Ese mes de noviembre en Victorica llovió 27 milímetros y el año cerró con un total acumulado de agua caída de 638 milímetros, por encima de la media. El italiano Pascual Mazzuco, en su chacra, a tres o cuatro cuadras de la vivienda de los Gesualdi hacía maravillas en su quinta de hortalizas y frutales.
Alfredo creció y cuando llegó a los siete años de edad fue el momento de ir a la escuela. El año 1928 todo el vecindario de Victorica, escuchó el 12 de octubre el repique inaugural del flamante campanario de la Iglesia Nuestra Señora de la Merced, al que don Félix Berazategui instaló en la torre.




Alfredo asistió de primero a cuarto grado del nivel primario del Colegio, su hermano Isidro había sido de los primeros alumnos cuando abrió por primera vez sus puertas el año 1923, la escuela de la Misión Salesiana de Don Bosco, en la que supieron trabajar varios curas italianos, entre ellos el recordado Juan Roggerone, apodado “cura gaucho” y luego José Durando “El Apóstol del Oeste Pampeano”.
Así iba transcurriendo la vida del niño Alfredo, hasta que de repente, el año 1931 se produce el fallecimiento de su padre, cuando sus diez años todavía no le permitían aceptar la tragedia humana. Su hermana Dora, la menor, (casada años después con Ricardo Guzmán), contaba tan sólo con once meses.



A partir de ese momento la vida de los Gesualdi-Piccolomini, sin el jefe de familia que proveía los ingresos para la manutención, se complicó mucho más, porque al drama familiar, se sumó la crisis de la década del treinta, en la que escaseó el trabajo y avanzó la pobreza.
Eso impulsó a los miembros de la familia a intensificar el trabajo personal, comenzando por el que realizaban en su propia casa, la que tenía un solar, en la cual había una quinta, un gallinero y un molino con tanque de agua.



De allí obtuvieron pollos, huevos, verduras y algunas frutas del parral y otras plantas como perales y membrillos. El excedente del consumo lo vendían a los vecinos.
Recuerdo haber ido con mi primo Coco Cesanelli a esa casa, a principios de la década del 50, a juntar el fruto carnoso y dulce del Nopal, de cuyas plantas había muchas, en el costado que daba para el lado de los médanos.
Alfredo y sus hermanas/os hicieron eso, para ayudar a su madre y sus hermanos menores. También fue lustrabotas (en aquella época la gente que mayoritariamente vivía en el campo todavía, utilizaba botas), fue también vendedor de diarios y repartidor-vendedor de pan a domicilio en un carrito de dos ruedas.




Después fue “boyero” en la estancia “La Guarida” cercana al pueblo, allí aprendió a andar a caballo y a conocer las costumbres de los animales, sobre todo ovejas (la mayoría) y algunas pocas vacas.



Tiempo después trabajó en la carnicería de don Alfredo Belén, cuyo local estaba situado donde actualmente es el domicilio de la familia de Julio Pagella.
Cada vez que don Belén hacía asado y eso era bastante común, lo mandaba a Alfredo al Almacén “Los Vasquitos”, que estaba en la esquina donde actualmente está situada la firma Calandri y Cía. a cargo de los hermanos Balbi, a traer vino suelto en una pava.



Cuando ya tenía diecinueve años, el señor Guido Nievas, conociendo la capacidad de trabajo como empleado de comercio, y fundamentalmente su honestidad, lo lleva a Rucanelo a trabajar en la casa de Ramos Generales del señor Álvarez, que tenía mucho trabajo, dado que atendía cinco obrajes en los alrededores de donde se extraía leña, postes y varillas del bosque de caldén, que había visto reactivar su explotación porque comenzaba la segunda Guerra Mundial en Europa.
Al cumplir los veinte años se incorpora al servicio militar obligatorio en la base de la Marina Argentina en Puerto Belgrano, (Punta Alta, provincia de Buenos Aires).
De regreso a Victorica ingresa a trabajar en el Almacén de Ramos Generales de los hermanos Imbelloni. Posteriormente se casará con Francisca Vicenta Imbelloni, hija de don Vicente, el socio administrador de la firma.



De ese matrimonio nacerán tres hijos, Alfredo Eduardo, María Angélica y Luis Alberto.
Domingo Di Dio, que fue presidente del Club Cochicó desde el año 1937 al año 1945 ininterrumpidamente, y que vivía en la casa vecina a la de los Gesualdi, es quien lo invita a Alfredo que se incorpore al equipo de futbol que ya vestía la casaca con la banda roja en diagonal.
Jugó con el número 2 y 3 hasta los treinta y cuatro años en que abandona definitivamente la práctica activa de ese deporte.
Después fue Presidente del Club en los años 1956-57 y 1960-61.




El 2 de Septiembre del año 1955, el azar cambió la vida ajustada y difícil de Alfredo Gesualdi, que lo había obligado a trabajar desde niño, alejándose de la escuela tempranamente.
Ese día su tío, “Pipo” Piccolomini le hace conocer que ha tenido la suerte de sacar el premio mayor de la Lotería Nacional con el número fijo que venía jugando el 10.611, con un premio de 200.000 pesos moneda nacional de curso legal.


Viaja a la provincia de La Rioja donde le pagan el neto del premio que alcanzó a la fabulosa cifra de m$n 156.000. Con ese monto hizo arreglar su vivienda y se convierte en comerciante autónomo. Abre una Barraca bajo el nombre de “El Cimarrón” y después una casa de comercio con el nombre de fantasía de “Líder Sport”, que como lo indica, tenía mercadería relacionada con la nueva juventud, aunque también con la vida tradicional de un Victorica que todavía no tenía asfalto, ni teléfono, ni agua potable corriente.



Lo conocí personalmente y lo traté a Alfredo Gesualdi a partir del momento que ingresé a trabajar en la cantina del Club Social desde fines de 1958 hasta mediados del año 1962. El era uno de los tantos socios que diariamente al mediodía y por las noches llegaba hasta las instalaciones del Club Social que supo tener una villa a la entrada y luego mesas donde se jugaba a distintos juegos a veces por la vuelta y otras por un pozo en efectivo al que todos debían depositar previamente.



Después en la década del setenta el Club habilitó canchas de bocha y Alfredo era uno de los más hábiles bochófilos. También integró la Comisión Directiva del Club Social.
Alfredo había sido una de las personas que integró la Comisión fundadora del Instituto de Enseñanza Media Básica “Félix Romero”, creada en el año 1958. El año 1970 tuvo la satisfacción de ver egresar a su hija María Angélica diplomada de esa escuela, como Perito Mercantil y como abanderada por sus altas calificaciones.
También integró la Comisión de la Liga de Fútbol del Oeste Pampeano en la década del sesenta.



Por otro lado y fiel a su espíritu de colaborador de las actividades comunitarias fundamentales para Victorica, fue integrante de la Comisión de la Cooperativa de Electricidad de Victorica Limitada.
Después, cuando su hijo Luis ingresó a la Escuela Agrotécnica, él se incorporó a la Comisión de la Asociación Cooperadora de dicho establecimiento.



En la década del setenta, cuando su hijo Alfredito comenzó a incursionar en el folklore, abrió la puerta de su casa para que los referentes del cancionero pampeano pudiesen tener un lugar de encuentro. Por allí pasaron “El Bardino”, “El Penca” Bustriazo, y Guillermo Mareque, entre otros, como ha recordado Néstor Massolo.
Luego cuando vino la década del ochenta y se repuso el sistema democrático, también su casa se llenó de jóvenes que, mate mediante discutían como hacer más justa nuestra sociedad, después de la larga noche de la dictadura.
Sus hijos Alfredo Eduardo y Luis Alberto le dieron la satisfacción de haberse convertido en los referentes provinciales del cancionero regional de La Pampa, con temas nacidos con letra y música de su propio cuño.



Sus últimos años lo encontraron convertido en el “Oráculo Victoriquense”, a quien recurría todo quien tuviera interés en conocer algo de la historia pueblerina y de la comarca regional, de la que conocía bastante, por haber andado recorriéndola con su camioncito como vendedor, por el sur de San Luis, todo el noroeste, 25 de Mayo y hasta Catriel, (Río Negro) en la década del sesenta.
Falleció el pasado 4 de agosto del año 2011 a la edad de 89 años, lo sobrevivieron sus hermanas Dominga y Clora.

lunes, 1 de febrero de 2010

NUESTRA ABUELA JACINTA (II)

Para juntar piquillín, generalmente llevábamos un botellón o una botella de aceite de dos litros que tenían boca ancha, o en última instancia una lata de durazno o un jarro grande. Luego de desgranar las plantas de los alrededores de Los Pisaderos, pasábamos a la chacra que era de los Cazaux, ahí nos encontrábamos con otros haciendo lo mismo: los Acosta, los Flores, los Yanakén, los Cortés. Es la misma chacra donde hoy se sitúa el campo de doma y allí si nos encontrábamos con gran cantidad de plantas con piquillines de diversos colores, tamaños y sabores. También solíamos encontrar algunos algarrobos que se habían salvado de las grandes hachadas de las dos guerras mundiales. Cuando tenían chaucha también las tomábamos para comer, porque son dulces y las comíamos a la usanza aborigen.
Don Luis Cesanelli como tantos inmigrantes llegó a la Argentina en 1908 escapandole a las guerras y el hambre en Europa. Doña Jacinta nació en Victorica a fines del siglo XIX. Su primera hija Trinidad nació el año 1914.

Al regreso, luego de un par de horas, vaciábamos cada uno la cosecha en un plato hondo o en una fuente, si era mucha cantidad. Procedíamos a lavarlo, sacarle las hojas y palitos y luego de un golpe de frío en la heladera, lo comíamos provistos cada uno de una cuchara.

A la abuela Jacinta, que era bien criolla, hija de doña Juana Paz, una de las mujeres que llegó con la columna colonizadora de los soldados que bajaron de Córdoba y San Luis, también la hacíamos partícipe del apreciado manjar.

Por supuesto que tía Yiya, que era más comprensiva con nuestras travesuras, recibía nuestro trato preferencial, porque además era la que nos preparaba la leche de la merienda, ofreciéndonos pan con manteca o mermelada.

Esta es la foto más nítida que conservo de mi niñez, de la que tengo memoria, tomada por esos fotógrafos que venian de Buenos Aires y recorrian los pueblos buscando sobre todo a familias con niños. Tendría alrededor de 5 o 6 años mis manos y mi cara denotan cierta preocupación por no saber que me iba a pasar.

Durante los inviernos variaban las actividades, solíamos jugar a la bolita, al trompo, al yo-yo, o al balero. Los vientos entre mediados de junio y fines de agosto, eran propicios para los barriletes. Coco, el “colorado” Cesanelli como lo apodaban sus amigos, era un experto constructor de cometas.
El sabía en que casa se podía conseguir las cañas, que tipo de hilo había que comprar, que tipo de generos servían para la cola, que no debía ser ni muy pesada ni nuy liviana. Los diarios viejos del abuelo Luis servían para pegarlos en las cañas y hacer un barrilete resistente a los fuertes vientos. Lo primero que hacía era cortar las cañas al medio, todas del mismo tamaño. Luego preparaba el engrudo casero, harina mezclada con agua y calentada en la hornalla de la cocina en una lata o un jarro, para que tuviese la viscosidad exacta. Mientras estaba listo el pegamento, ataba las cañas al centro y en toda la circunferencia de tal forma que la estructura quedase bien asegurada.
En la foto en primer plano sentados: de izquierda a derecha, Américo Viglino, Ruben Atilio Palmieri, Ricardo Di Dio, Carlos Alberto Cesanelli "Coco", Alfredo Gesualdi, Ruben Guzmán y Daniel Martín. Parado "Tito" Collado.

Después de pegar el papel armaba los tiros. Los superiores eran para comandar el barrilete y desde donde se prendería el hilo para elevarlo y el inferior del cual se prendería la “cola” que era el contrapeso, generalmente confeccionada con trapos viejos proporcionados por tía Yiya.

Hasta aquí yo era testigo presencial que solo miraba, tratando de no perderme detalle, a veces el me hacia poner el dedo al centro mientras hacía el nudo ciego y al final me pedía que le ayudara a transportar el barrilete llevando la cola o el hilo.

Inmediatamente de terminado, había que probar el barrilete, para ver si los tiros estaban bien alineados, si la cola no era muy pesada o corta y si el hilo no hacía panza, y para eso estaba el cuarto de manzana baldía más allá de la casa, o en la de enfrente a la casa de Coco Marini, con el que competían, para ver quien elevaba más alto esa temporada el barrilete.
Esta foto está tomada en un estudio de un italiano en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, alrededor de mediados de la década del treinta. Trinidad había sido internada para proseguir estudios, pero como extrañaba mucho a su familia, volvió al seno de su hogar, donde por algun tiempo estudio piano.


Con respecto a esta actividad los mayores disgustos de abuela Jacinta era por el hule de la mesa de la cocina, que Coco utilizaba como banco de armado y aunque trataba de tener cuidado, siempre quedaba algún resto de engrudo o incluso algún pequeño tajo al mantel.

Esto desataba acalorados retos de abuela Jacinta, quien sólo había dado a luz cuatro mujercitas y no tenía experiencias de los juegos y los juguetes de los varones.

En verano doña Jacinta escuchaba radio nacional filial Santa Rosa, “Tardecitas Pampeanas” y a continuación alguna novela de las emisoras de Buenos Aires. La radio estaba instalada en la cocina que tenía una ventana corrediza para pasar los platos de la comida al comedor que estaba enfrente, pasillo de por medio, donde abuela había instalado su sillón.
Coco Cesanelli aprendió a manejar las máquinas para proyectar cine. Le enseñó su amigo Ruben Atilio Palmieri, el anterior operador de las máquinas del cine Armonía de Victorica, alquilado por el "turco" Pentimalle de General Pico.

Si había descargas, o dificultades con la recepción y a eso se le sumaban nuestros ruidos, propios de los juegos, risas o discusiones en voz alta, éramos objeto de frases no reproducibles, que nos indicaban que el “horno no estaba para bollos” y había que poner pies en polvorosa. Ese era el momento justo de irnos a los médanos a realizar una excursión con el “Batuque”, el perro coli de Coco.

La abuela Jacinta falleció el primer año de la década del sesenta, fue de las primeras habitantes de la casa. Tía Yiya quedó atendiendo al abuelo Luis, como ama de casa. En la década del setenta murió el abuelo Luis, un italiano que construyó muchas de las casas y estancias de Victorica y otros pueblos vecinos de su amplia zona de influencia, dueño además de la mosaiquería. Todavía muchísimas veredas victoriquenses están cubiertas por mosaicos vainilla y aún se conservan los pisos de mosaico calcáreo de distintos colores con guardas en muchas casas, negocios, dependencias y residencias de campo que produjo su empresa "La Pampeana".
Esta foto la tomé al fondo del patio de la casa de los abuelos Cesanelli hacia el lateral donde estaba la mosaiquería. Tia Yiya está al centro, a la derecha Sara García mi esposa y a la izquierda Graciela Gracia, la hermana por parte de madre de "Coco" Cesanelli.

También tía Yiya, a la que todos apreciábamos mucho dejó de existir, luego de unos cuantos años de haberse ido de la casa, muy a su pesar, donde había quedado sola. Se casó ya muy mayor y no tuvo descendientes.

Coco partió de este mundo hace unos días, se había ido de la casa cuando se casó con Dora Zapata, de cuyo matrimonio nacieron dos hijos Verónica y Fabricio. En esa casa de los abuelos que aún resiste el paso del tiempo ha quedado su alma de niño. Algunos dicen que lo han visto por las noches jugar a las escondidas con Omar Conchado, Bebe Castillo, Coco Marini y otros amigos de su infancia, que vivían en el barrio "Los Pisaderos".

miércoles, 11 de febrero de 2009

HACE UNA DECADA

Hoy hace diez años que presentamos el libro que titulé “Historias de Vida”, acompañado de un subtitulo ambicioso: “De personas, pueblos, instituciones y regiones”.

Lo hicimos en el salón histórico del Club Cochicó de Victorica como parte integrante de los actos de un aniversario más de nuestro pueblo natal. Esa tarde del 12 de febrero de 1999, me acompañaron, amigos, funcionarios y parte de mi familia, haciendo de presentadora, la maestra y profesora, Celia Porras de Ludueña.


El libro lo dediqué como homenaje a dos maestras que luego fueron profesoras nuestras en la Escuela Nº 7 y la Escuela Provincial de Comercio “Félix Romero” de Victorica. Ellas fueron quienes nos contagiaron el “bichito” de la lectura, María Mercedes Bustos Bazán de Ares y Lucy Palmieri, quienes nos introdujeron en la literatura y nos estimularon con su ejemplo.

Me ayudó en la corrección y aconsejó sobre el armado de los capítulos, la desaparecida escritora pampeana Victorina Carlassare de Defonteynes.

El libro está incorporado como consulta dentro de la Bibliografía de Historia Regional de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Pampa y es constantemente consultado por quienes quieren indagar algo sobre nuestro pasado de los pueblos y las instituciones de la región del noroeste pampeano.




El texto fue editado por el Centro Cultural del Oeste Pampeano, el que creamos junto a otros victoriquenses con inquietudes en 1985, y a quien doné la mayor parte de la tirada de 1.200 ejemplares.

A todos quienes colaboraron muchas gracias y a quienes utilicen los textos allí reunidos, lo único que les solicito es que tengan a bien citar la fuente.

sábado, 31 de enero de 2009

LOS MARZANO

En el acceso al Parque “Los Pisaderos” de Victorica, sobre la mano izquierda se encuentran las ruinas de lo que fuera la casa de familia de Nicolás Marzano, casado con Salomé Moreno.

Don Nicolás un italiano, había llegado a la zona como contratista rural a realizar algunos trabajos para Alfonso Capdeville como alambrados y cosechar alfalfa, centeno y maíz.

La familia estaba integrada por varios hijos varones Julio, Antonio, Francisco, Miguel, Pedro, Nicolás (h) y Luis.

Antonio Marzano hablando en un acto de la Escuela Provincial de Comercio "Félix Romero", década del 70.

Después que han trabajado en el campo durante varios años, los Marzano deciden instalarse en Victorica con una industria de la alimentación. Para ello compran un horno para la panadería a la que han bautizado “La Vencedora”.

En enero de 1919 los técnicos junto a los constructores Luis Cesanelli su socio Leyton y la cuadrilla instalan el horno, asistidos técnicamente por Eduardo Querol, enviado expresamente por la firma vendedora para inspeccionar que se cumplan las recomendaciones.

El padre de familia don Nicolás falleció a los pocos meses de haberse puesto en funcionamiento la panadería, cuando Francisco tenía solo tres años y Julio estaba a punto de nacer.

Los Marzano militarán en el socialismo y alguno de ellos son fundadores de las primeras revistas locales. Una de ellas llevaba el nombre “Palestra” en donde hicieron sus primeras armas como periodistas. La revista aparece el año 1933 y está dirigida por Francisco Marzano y su amigo el maestro Cristóbal Rodríguez Kessy.

La antigua casa de los Marzano actualmente en ruinas. El último habitante de la familia fue Miguel. (Foto Jimena Roldán 2009)

Recuerdo que cuando era niño mis padres me llevaban, en las noches de verano, cuando las hijas de Miguel venían de vacaciones desde Buenos Aires, de visita a su casa que estaba a menos de una cuadra de la nuestra.

Después del treinta la mayoría de ellos, salvo Miguel que se queda en Victorica, se fueron a Buenos Aires en busca de nuevos horizontes.

En la década del sesenta Antonio que anualmente visitaba Victorica, pues estaba casado con una Scucciatto, pariente de la viuda de Hadad. En el año 1979 Antonio presenta en Victorica un opúsculo sobre la vida y obra de “Félix Romero, maestro”. El siempre recordado Antonio había sido designado Director de la revista Vicente López órgano de la Cámara Empresaria de esa ciudad en el año 1967. En el año 1984 cuando se cumplieron las bodas de oro de la revista, el Director Antonio Marzano recibió un reconocimiento público por su destacada labor al frente de la misma.


Una vista de la casa y contiguo el edificio de la Panadería de los Marzano. Foto Lerc año 2004.

Francisco había ingresado hacia varios años al diario “La Prensa”. El acompañó varias veces a delegaciones de alumnos de la Escuela Provincial de Comercio “Félix Romero” que visitaron en distintas oportunidades la empresa periodística.

Cuando se efectuaron los festejos del Centenario de Victorica (12-02-1982) Antonio publicó varias notas en el diario La Reforma, relacionadas con distintos aspectos de la historia de Victorica. Por otro lado Miguel era generalmente uno de los entrevistados por los periodistas provinciales que querían saber algo de la historia lugareña. El Diario La Capital insertó en la publicación “Centenario de Victorica y La Pampa” en 1.982 un extenso reportaje, en el que recupera de su memoria de ochenta y cuatro años, varios pasajes de sus propias vivencias.



El vecino y amigo de la familia don Miguel Marzano escribiendo en su antigua máquina en su hogar de la calle Racedo.

Don Miguel fue un incansable luchador para que en Los Pisaderos se levantara un Parque que reconociera al aborigen. También era un defensor de Alfonso Capdeville y hablaba muy críticamente de quienes en Victorica lo enfrentaron. Recuerdo que una vez me dijo que “don Alfonso era un hombre culto y muchos no se aguantaron, que alguien de afuera viniese a intentar cambiar lo usos y costumbres”.

Aún hoy me parece verlo entrar en la Veterinaria Victorica o en lo de Calandri o en lo de Viniegra Hermanos SRL y dejar un par de ejemplares del periódico “La Vanguardia” de Buenos Aires, el que distribuía gratuitamente. O verlo por la ventana de mi casa pasar a caballo ensillado con una montura y usando botas caña alta y sombrero de corcho para el calor.También en sulky, seguido por su perro, en el cual iba hasta la chacra que tenía, donde pastaron sus últimos animales vacunos y lanares.

miércoles, 28 de enero de 2009

LOS BERAZATEGUI

UNA FAMILIA DE INTREPIDOS INNOVADORES.

El 10 de febrero de 2002 Caldenia publicó una nota con mi firma titulada “Entre los pozos y el cielo”, referida a la familia de inmigrantes españoles Berazategui, residentes en Victorica.

Como siempre queda material, tanto fotos como anécdotas u otros textos, hoy me vuelvo a referir a ellos por este medio, intentando ver si algún pariente u otros antiguos vecinos pueden continuar completando la historia de esta familia.


El primero que llegó desde España a Victorica fue don Félix viejo, después vino Francisco “Paco” y por último Félix o “Felucho” el más chico de todos.
Según cuenta en una nota publicada en Caldenia Juan Carlos García, hijo de Felucho con Simona Zamudio, “Paco” habría sido el impulsor de la construcción de un avión en Victorica. Había traído los planos desde Europa de un avión francés Morane Saulnier de la Primera Guerra Mundial.

En Victorica tuvo la oportunidad de llevar a cabo su sueño, adquiriendo en Arizona (San Luis) un motor marca Gnome Rhone diseñado en 1909 por los hermanos franceses Laurent y Luis Seguin. El motor era radial rotatorio de nueve cilindros y se refrigeraba a si mismo girando sus cilindros al máximo de 1.000 rpm.

El aviador "Felucho" Berazategui tiene en sus brazos a la niña Yolanda Huarte, mientras el resto del publico rodea el avión. (circa 1950)

Corría el año 1935 cuando los hermanos Berazategui comienzan la construcción con sus propias manos del avión. Las estructuras las fabrican de tubo, el fuselaje tipo cajón, le colocan ruedas de Ford “T” e instalan el motor, haciendo inmediatamente una prueba allí mismo en un terreno contiguo a la Herrería de la calle Cochicó, frente a la cancha de pelota a paleta de los Reale.

César Máximo Viniegra un espectador de ese día memorable nos contó la experiencia: “Felucho impulsaba con sus brazos la hélice, mientras “Paco” tiraba de un acelerador improvisado. De repente el motor arrancó envolviendo a todos en una nube de polvo. Dio un respingo, parecía que se elevaría hasta el techo con toda su potencia, pero se produjo un “estertor” y se paró. Todos habían quedado envueltos por la arena, el polvo, el olor a la combustión con la consiguiente mezcla de susto, emoción y alegría no exenta de sorpresa, combinada con algo de pavura.”

El edificio de la Herrería de los Berazategui en Victorica donde armaron el avión con sus propias manos y con plano francés en 1935.

Felucho” cursa como piloto en Trenque Lauquen, recibiéndose en 1947. El año siguiente aprovechando la ausencia del hermano mayor de viaje en Europa, dice Omar Becerra, “Felucho” compra el avión usado en $ 22.000, importado desde Estados Unidos. Se trata de un avión marca Luzcombe que tras una serie de accidentes lo termina vendiendo a principios de los 60.

Cuando regresa de Europa su hermano mayor “Felucho” le da la bienvenida sobrevolando el tren desde Luan Toro a Victorica.

El último avión que adquiere “Felucho” es un Luzcombe-Silvaire, adquirido en Mendoza, que le dura escasamente cuarenta días dado que el 27 de julio de 1963 regresando con el desde Bahía Blanca tiene un accidente donde pierde la vida

"Felucho" toma del brazo al Misionero RPS José Durando en los agasajos de 1952 en Victorica.

Había ido a Bahía Blanca a buscar el Gerente de YPF para que hiciese la inspección a la Estación de Servicio y aprobara los planos cuya ejecución se disponían a llevar adelante los hermanos Berazategui.

Hace escala en General Acha, pero al momento de intentar despegar para continuar a Victorica, la intensa niebla, le impide ver los médanos que rodean a esta ciudad y un error de cálculo hace que se los lleve por delante.

Félix Viejo se había dedicado a la Herrería y también a la instalación de molinos y a realizar pozos o eventualmente alambrados, en los campos de los alrededores.

“Paco” quedó a cargo de la Estación de Servicio de YPF, la única que existía en aquellos años en Victorica, junto a un negocio de repuestos para molinos y automotores.

Don Felix Berazategui conversa con el General Galtieri el dia del Centenario de Victorica, frente a la Municipalidad. (12 de febrero de 1982)





El último que sobrevivió fue don Félix “viejo”, quien tuvo la oportunidad de saludar al presidente de facto General Galtieri cuando llegó a Victorica el 12 de febrero de 1982 para celebrar el Centenario de nuestra localidad y primer pueblo de La Pampa.

Del libro Álbum del Centenario con textos del profesor Cazenave extraigo esta anécdota de don Félix a quien todos conocían en los alrededores de Victorica por “El Vasco”, “tenía un toldo armado al oeste de Telén, mientras con un compañero, concluían unos corrales. Un buen día se presentan dos jinetes y piden trabajo por lo que se les indica que hachen postes en una isleta cercana. Eran el “Oriental” Crevani y El “Francesito”, lo que por entonces era como decir “Satanás y Mandinga”; asesinos sin entrañas y que no podían vivir sin ver sangre. Dos psicópatas para los actuales moldes de conducta.

“Pero don Félix no los conocía. Trabajaron durante unos días y una noche, a eso de las tres de la mañana, lo despertaron con el revólver al pecho: querían que les arreglara las cuentas. El vasco razonó sobre lo intempestivo de la hora, pero no atendieron razones. Entonces les dio un vale por lo ganado –ni un peso más- y aquellos hombres se dieron por conformes y se marcharon, llevándose tan sólo unos lindos caballos del dueño del campo”.

Acoto que el “Oriental” Crevanni murió cerca del Boliche de “El Carbón” después de un intenso tiroteo entre el bandido y los dueños del establecimiento. Sus restos estarían enterrados por aquellos lugares del “Far West” pampeano en tiempos de la crisis del treinta.

martes, 27 de enero de 2009

"POCHO" RIELA

"Ilustrador de la historia pampeana”

El suplemento cultural de los domingos del diario La Arena, “Caldenia” publicó el 14 de abril de 1996, la primera de una serie, que Walter Cazenave denominó “estampas del artista”, realizadas por Carlos Alberto Riela a plumín y tinta china.

La serie fue titulada “Del pasado y de esta tierra” y aunque son pocas, lástima que éstas y otros trabajos publicados en la revista de la Cooperativa de Electricidad Santarroseña no hayan sido recuperadas aún para formar parte de un trabajo mayor de rescatar la personalidad de este auténtico artista que fue el amigo Riela.

Seguramente esta obra estuvo basada en alguna de las fotografías de la década del sesenta, cuando algunos niños se dedicaban al oficio de aguatero en Victorica.

De él en la nota citada dice el propio profesor Cazenave “Para los lectores de nuestro diario resulta obvia la presentación de Carlos Riela en su condición de dibujante. En ese aspecto el artista –autodidacta, de inclinación clásica y tradicionalista- acredita suficientes méritos, especialmente en lo que hace a sus trabajos como ilustrador de la historia pampeana”.

La serie comienza con “A contraviento”, continúa con “La panadería Olmo”, se proyecta con “El vendedor de golosinas”, alcanza un gran momento con la obra “El carrito aguatero”, tiene su clímax con “La visita”.

Probablemente esta estampa haya estado basada o en una antigua foto o en recuerdos de la niñez del dibujante que supo vivir con su familia en el campo.

Sobre ésta última ilustración Cazenave acota en la introducción del epígrafe adjunto: “La intensidad de la alegría de los protagonistas de las visitas campesinas, sesenta y más años atrás, solamente puede contarlas quien las haya experimentado.” Es que justamente “Pocho” Riela ponía en el dibujo sus propios recuerdos y los profundos sentimientos de amor hacia la primera etapa de su vida donde transcurrió su niñez.

No se si esta que comento fue la última de las “estampas” publicadas en Caldenia, pero vale como muestra estas, algunas de las cuales reproduzco para que puedan apreciarlas.
Foto tomada por Lazaro Perez en Victorica en la década del 60 en la esquina de la casa de Mauricio Sarranz había un grifo. Más atrás a la derecha se alcanza a divisar el antiguo Hotel de Lemme demolido en la década del 70.

Aprovecho para insertar una fotografía tomada por Lázaro Pérez en la década del 60 cuando varios niños se dedicaban a llevar agua desde los grifos de Obras Sanitarias hasta las viviendas de los pobladores cuyos pozos se habían secado.

Seguramente los abuelos victoriquenses de la década del 50 recordarán a los Olmos y su carro ambulante de distribución de galleta, pan y facturas a domicilio. Había también verduleros ambulantes, heladeros ambulantes y por supuesto los lecheros ambulantes que día por medio o a veces diariamente dejaban la leche en los hogares victoriquenses.


La noticia periodistica ilustrada con una toma donde se puede apreciar el oleo pintado sobre la pared de la chimenea de una estufa en una casa antigua del campo donde vivieron la familia de su esposa.

La iniciativa de otros amigos de Victorica de rescatar un friso que “Pocho” pintó en el frente de la estufa de la casa de campo donde antiguamente habitaron los García con su familia y trasladarlo a Victorica para revalorizar un proyecto de paseo del Arte que piensan bautizar con el nombre de Carlos Alberto Riela, será un justiciero y merecido homenaje. Lástima que, como siempre, los homenajes no se hacen en vida. Los argentinos tenemos demasiado adentro la cultura necrofílica. Declaramos el amor a las personas cuando ya se han ido de entre nosotros.

Links relacionados:

Homenaje a Pocho Riela

ARTISTA VICTORIQUENSE

“POCHO” RIELA

Carlos Alberto Riela, conocido entre los amigos como “Pocho”, nació un 20 de noviembre de 1942 en el paraje Leubucó, en el Departamento Loventué , de la actual provincia de La Pampa.
Nació y se crió en el medio rural, su familia ocupaba el campo el “5”. Era el hijo menor de Antonio Riela y Felisa Pereyra. Sus hermanos Humberto “Cato”, Benito Domingo, “Chuma”, Andrés “Coco”, Estela la mayor de todas, casada con Miguel Peralta, Margarita, “Porota”casada con José Lobato, Francisca, casada con José Hadad, Felisa, “Pila” casada con Fermín Hadad y “Negra” la más chica.

Cuando vinieron al pueblo se afincaron en una quinta a 4 o 5 cuadras de la plaza hacia el oeste, cerca de la cancha del Club Independiente, allí todavía se conserva la antigua vivienda que fue el hogar familiar de los Riela.
De derecha a izquierda: Zanín, Caffarel y Humberto "Cato" Riela junto a los demás empleados de Correos y Telecomunicaciones a principios del 60 en Victorica.

Hizo la escuela primaria en el Colegio Don Bosco de Victorica. Alrededor de 1953 llega al Colegio el RPS José Rizzi, con quien “Pocho” tendrá sus primeras incursiones en el dibujo y la pintura.

Después de finalizada la escuela primaria, “Pocho” incursiona en la secundaria por los pagos de General Acha y allí se encontrará a fines de la década del 50 con Andrés Arcuri, que estaba comenzando a desarrollar su pasión por la pintura de los paisajes regionales. Recuerdo que cuando lo invitamos a exponer en Victorica en 1971, “Pocho” se acercó a saludar a su antiguo maestro a quien admiraba. Él mientras le ayudaba a llevar los petates entre los médanos de los alrededores de General Acha, charlaba sobre colores y otros temas relacionados a las técnicas con el sensible Andrés.

En General Acha realiza el primer año del secundario y al siguiente se viene a Santa Rosa, aprovecha la Escuela Hogar que lo alberga y cursa el 2º y 3º año en el Colegio Nacional.



El primero a la izquierda desde abajo es Benito Domingo "Chuma" Riela ejecutante del acordeón en la Orquesta Santarroseña "Los Príncipes del Tango" de recordadas actuaciones.

Después iría a Buenos Aires a continuar su carrera en el Colegio Nacional 17 de Villa Fiorito, pero llegó hasta cuarto año y no terminó. Regresó dado que su padre falleció en 1958 y el vuelve a Victorica en 1959. Cacho Peralta dice que muchas veces faltaba porque se iba a estudiar dibujo y pintura o a pintar a las plazas de Buenos Aires.

Según me contó “Cacho” , sobrino de Carlos A. Riela, el padre de los Riela sabía tocar un instrumento musical denominado “Bandónica” (aparentemente sería parecido a los acordeones tipo “verdulera”, pero más chicos, que se toca a la altura del pecho).

En la vida de campo, en las zonas rurales, uno de los entretenimientos después de las tareas era practicar alguno de estos instrumentos, para no olvidarse o para alegrar ciertas ocasiones. Los niños Riela, entre ellos Pocho, aprenden a pulsar el instrumento musical (una verdulera de ocho bajos) que luego ejecutan en su paso por la escuela primaria.
Y a partir de allí los niños sienten la inquietud, primero el "Cato" y su hermana "Chola", los mayores, luego“Chuma” y después “Pocho” aprenden los rudimentos de las notas, a conocer las teclas y a afianzarse en el oído musical, dado que la mayoría fueron autodidactas e improvisadores.

Benito Domingo Riela hizo carrera con el bandoneón siendo uno de los mejores ejecutantes de Victorica donde supo integrar alguna orquesta. Después con Hugo Cabada, formaron su propia agrupación. Prosiguió posteriormente su recorrido en Santa Rosa en orquestas de tango, siendo una de las más recordadas “Los Príncipes del Tango” una formación integrada por Riela, Mansilla, Cabada, Tubán y otros.


Dibujo de "Pocho" en el que imagina un momento del Combate de Cochicó entre las huestes de Yancamil y el piquete del Escuadrón de "Indios Amigos" del Ejercito Nacional.


Pero “Pocho” por su timidez, jamás había querido ejecutar en público. Lo hacía sólo en la intimidad de su hogar y para sus momentos de expansión espiritual. Hasta que una noche de los carnavales de la década del sesenta cuyos bailes se hacían en el Club Cochicó, el director de la orquesta Jorge Ardhú de la ciudad de Córdoba, paseando por los alrededores escucha que por la puerta abierta de un zaguán y la ventana de un comedor, la melodía de un bandoneón que le impacta por su muy buena ejecución.

Al regresar al Hotel “El Cóndor” de Nicola Di Dio y su familia, comenta y pregunta quien es el personaje que acaba de escuchar, pero no ha podido ver. Ricardo Di Dio lo va a buscar y Pocho acepta la invitación para subir al escenario y tocar un par de piezas junto a los músicos de la orquesta de Jorge Ardhú. Así lo hizo y recuerdo que nos causó una muy grata impresión y fue largamente aplaudido.

De I a D: Parados Bruno Rovito, Barneix, Alfredo García (cuñado de Pocho) Carlos Alberto "Pocho" Riela, Ojeda, Vargas, (hincados) Mendiara, Becerra, Piccolomini, "Cacho" Peralta (sobrino)


A la par de estas inquietudes Carlos Alberto Riela le apasiona también el fútbol, siendo uno de los más hábiles delanteros que vistió la casaca del club local Cochicó durante las décadas del 60 y principios del 70.

Junto a Omar D. Becerra, Piccolomini, Cacho Peralta, Tonny Pescara, con el "Negro" Di Dio o Rovito de arqueros y otros, deleitan a la hinchada domingo a domingo. El rival histórico era el Sportivo Telén. Casi un Boca River local. Cuentan que cierta vez para evitar que Telén avanzara peligrosamente hacia la punta alguien le propuso a “Pocho” que el partido contra Luan Toro había que ir a menos, ante lo cual la respuesta fue “conmigo no cuenten”.

Ingresó a trabajar en la sucursal local del Banco de la Nación Argentina, se había casado con Maruca García, la hija menor de “Chun” García. El trabajo y el fútbol lo llevaron a trasladarse a Eduardo Castex donde vistió la casaca del Racing Club. Posteriormente recaló en la ciudad de Santa Rosa.

Oleo pintado por Carlos Alberto Riela década del 70 de nuestra colección particular.


Antes que se fuera de Victorica le dije un día que quería comprarle alguna obra de su autoría. Me invitó ir a su casa, en esa época vivía con su familia en la vivienda contigua a la Farmacia de Domingo Frois Regis. La primera visita fue de acercamiento porque las obras que tenía terminadas eran de gran tamaño y como nosotros todavía vivíamos en el Departamento de Zaldarriaga, no teníamos prácticamente espacio, así que le encargué que cuando hiciese algunos de pequeño formato me avisara. Así fue que un día se acerca hasta la Oficina y me dice que ya tiene otros terminados. Fui y le compré dos cuadros, uno de ellos es un caldén en invierno y el otro es un caballo recortado sobre un cielo oscuro.

Casi todos los años visitaba Victorica en la que aún estaban familiares suyos y de su esposa. En la década del setenta Raúl Horacio Kenny intendente y Presidente de la Fiesta Provincial de la Ganadería lo contrata para que pinte un mural en el escenario del Club Cochicó.

Pocho hace un inmenso mural con un motivo campero que incluye un rancho y un caballo, que es alabado por propios y extraños.  Ese mural se conservó por varios años, porque él personalmente, cada tanto, se preocupaba por restaurarlo y de preservarlo. Después lo suplantó por otro motivo que aún se puede apreciar en el salón de la sede del Club Cochicó.

Un día cualquiera en la Victorica de antaño imaginada por Cazenave y dibujada por Carlos "Pocho" Riela en el libro del Album del Centenario 1982.

Luego cuando llega la fecha próxima al Centenario, Pedro Carlos “Cachi” Fiorda, lo convoca para integrar el equipo con el que EFEBE Ediciones preparó el “Álbum del Centenario Victorica 1882-1982”, con textos e investigación del Profesor Walter Cazenave e ilustración de Carlos A. Riela. Las ilustraciones están realizadas con plumín y tinta china, algunas a partir de antiguas fotografías y otras son creaciones a partir del conocimiento de los hechos y la región en la que se llevaron a cabo. Las páginas 30 y 31 contienen la ilustración de lo que habría sido la vida en el Fortín en tanto que la 56 y 57 tienen una magnífica representación de lo que pudo haber sido el combate de Cochicó entre el piquete del escuadrón de los “indios amigos” y las lanzas de Gregorio Yancamil.

En las páginas 90 y 91 hay una magnífica composición a partir del texto que Cazenave imagina para una tarde en Victorica. Riela dibuja detalladamente una esquina de la plaza con parroquianos en la vereda de un Bar, viendo pasar caminando y en sulky, a otros vecinos del lugar.

"Pipo" Piccolomini el infaltable vendedor ambulante en todas las fiestas y en particular en la cancha de "Cochicó", dibujado magistralmente por "Pocho".


Tiempo después Cazenave que dirigió una revista que edita la Cooperativa Popular de Electricidad de Santa Rosa, lo invita a Riela a ilustrar una serie de historias a la que “Pocho” se suma. Ya había demostrado gran habilidad para dibujar con plumín y tinta china y esa es la técnica que utilizará también en esta serie, cuya edición fue financiada por el Gobierno de La Pampa.

De su etapa santarroseña se puede mencionar algunos otros trabajos que conocemos como los publicados en Caldenia, de la serie titulada "Del pasado y de esta tierra" o los aparecidos en un almanaque de una firma comercial de transporte pampeana o los que efectuara para el festival Internacional de Jazz.
Un observador que conoce muy bien los caballos ha acotado que Riela es uno de los pocos dibujantes que ha podido apreciar que dibuja con maestría a los equinos en distintas actividades y contextos.
Pero no es solo con los animales que logra dibujos ajustados a los tipos reales. También las figuras humanas y fundamentalmente los rostros, son logrados con gran calidad. Tal el caso del retrato de “Pipo” Piccolomini de la página 155 del Álbum mencionado.

NOTA: Texto inicial provisorio sujeto a correcciones, rectificaciones y ampliaciones 23 de enero de 2009.
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