Uno
de los tantos misterios “que la pobreza da”, es la cruz que ella arrastró
resignadamente durante su vida, llena de penurias, estrecheces y privaciones,
presente en muchos paisanos de nuestra tierra. Por eso si ven una “calandria
sin voz”, esa es su alma en pena.
¿Quién fue esa mujer “con sus pasos
cansados y su mirada gris”, que evocan en su canción primogénita, el escritor Alfredo
Gesualdi (h) y el músico Luis Giménez?
Creo que muy pocos saben, fuera de algunos
victoriquenses que la conocieron, a quien describe y que esa “calandria sin
voz”, era una mujer de las orillas de Victorica.
Con ese poema transparente, comienza el
vuelo del joven escritor, que hacía una década había iniciado, junto a su amigo Lalo
Sosa, de la zona de La Pastoril, a
recorrer la huella del canto popular y sobre todo definidamente regional. Fue poniéndole
música a la corralera, con tema de Sosa, dedicado a don Irineo Figueroa, un antiguo tropero,
que hacía la travesía, cuando todavía las haciendas llegaban a las ferias
mediante arreos de tropas, que demandaban varios días y a veces semanas, para arribar a destino.
En el frente del edificio todavía se lee 1907, seguramente la fecha en que se terminó el frontispicio de esta propiedad construida frente a la estación del Ferrocarril del Oeste que llegó en 1908. En aquellos años la propiedad era de los hermanos Gómez. En la década de 1970 allí funcionó inicialmente el Bar "El Diablo Rojo" de Lázaro Jofré
Mujer humilde
Ella, era una mujer de baja estatura, cara
alargada, ojos pardos, nariz achatada, piel de color cetrina, de cutis
curtido por el sol y el pampero, cabello de color azabache, que lucía trenzado,
peinado con raya al centro. Usaba vestido o pollera y blusa, en verano y en los
inviernos bajo cero, saco y poncho. De alpargatas diarias y zapato en ocasiones muy especiales. Sus piernas cortas, medio arqueadas, denunciaban que de muy pequeña
había andado a caballo durante varios años y su espalda medio doblada, de tanto
llevar el atado de leña para el rancho. Fumaba cigarrillos que ella misma
armaba, mezclando tabaco y papel que llevaba en su tabaquera, junto a una caja
de fósforos.
Su compañero, con quien había tenido un
hijo, era un jornalero que vivía en los campos, cuando el trabajo abundaba,
aunque la paga era escasa y todavía, a pesar que existía el estatuto del peón rural, nadie controlaba las violaciones permanentes a la ley.
A menudo ella no tenía que echarle a la
olla de tres patas, entonces recorría algunos comercios solicitando algún gesto de criolla solidaridad. Alfredito la veía, porque precisamente al lado de su casa paterna,
estaba la carnicería de don Miguel Peralta y “Chumo” Riela y más allá el
comercio de su abuelo italiano don Vicente Imbelloni, a media cuadra el hotel
de Nicola Di Dio y enfrente la Municipalidad, que observaba desde la vereda de
su casa. Por eso el primer verso dice “Yo la vi, transitar esas calles”.
El duo "Los Pampas", integrado por Agustín Borthiry guitarra en mano y a su lado Alfredo Gesualdi (h) con su amigo José López, detrás se observa a Luis Viglino
El “Diablo Rojo”
Cuando a principio de la década de 1970 volvió la democracia, de la mano de un gobierno
popular, se abrieron las peñas y los boliches reactivaron los bailes. Alfredito
la vio bailar en el Bar “El Diablo Rojo” de Lázaro Jofré, cuando su bailanta
estaba en el edificio de la esquina frente a la estación del antiguo
ferrocarril del oeste, que pertenecía en ese entonces a la familia de Atilio
Viglino.
Precisamente fue con René Viglino, el hijo menor, con quien Alfredito integró un dúo durante los primeros tiempos. Aprendió a tocar intuitivamente la guitarra con
algunas indicaciones del amigo, haciéndolo en una de las que su padre tenía
para la venta en el local de "Líder Sport".
La mujer capturó la atención del ojo
poético que comenzaba a desarrollarse, porque a pesar de la pobreza, muchas
veces rayando en la miseria, con los pocos pesos que conseguía Julia, haciendo
algunas changas, como acarrear agua del grifo, hachar leña en algunas casas,
cortar los yuyos o lavar y planchar algunas mudas de ropa, ella era el “duende nocturno”,
la del “ángel oculto” que se empolvaba, coloreaba sus mejillas, se pintaba los
labios y se ponía algunas alhajas.
Y los fines de semana recorría el pueblo de una punta a la otra. Se hacía más de treinta cuadras “y andará cavilando en la noche/ descifrando el misterio que la pobreza da” escribió el poeta, en un tono de reproche por tanta injusticia social hacia ella y los de su tribu originaria, que fueron los antiguos dueños de la tierra por la comarca de Leuvuco, al norte, en La Blanca al este, en Poitahue hacia el sur, y hasta los confines de Thanantué por el oeste.
Y los fines de semana recorría el pueblo de una punta a la otra. Se hacía más de treinta cuadras “y andará cavilando en la noche/ descifrando el misterio que la pobreza da” escribió el poeta, en un tono de reproche por tanta injusticia social hacia ella y los de su tribu originaria, que fueron los antiguos dueños de la tierra por la comarca de Leuvuco, al norte, en La Blanca al este, en Poitahue hacia el sur, y hasta los confines de Thanantué por el oeste.
Y como a veces casi nadie la sacaba a
bailar, ella danzaba sola, o con su hijo. Probablemente el placer por el baile
vendría de recuerdos de las mujeres ancestrales de su familia, o de cuando era
niña y miraba de afuera los bailes en los galpones del ferrocarril o en las
yerras de la zona. O quizá en los de la familia Pral, o en la cancha de Cochicó
donde tocaba el acordeón verdulera el paisano Moyano en el rancho del paisano Calfuán.
El local del boliche "La Posta", el refugio de los cantores populares en la larga y triste noche de la dictadura del "Proceso de Reorganización Nacional", atendido por don Valentín Ramos y su esposa doña Luisa Torres
Julia la musa
Julia Relmo fue analfabeta, descendiente
de familia indígena, pobre de solemnidad. Según el investigador de la toponimia
Eliseo Tello, “Relmo o Relmu, es el arco
iris y así se llamaba un cacique ranquel”. Don Esteban Erize en el tomo 5º
de su diccionario dejó escrito que “Relmu,
reina de los pinares es el título de una obra novelada de Estanislao
Zeballos referida a los pehuenches patagónicos.”
El investigador de la
genealogía indígena pampeana José Depetris, dice que en Loventuel existió un
paisano Relmo, cuya compañera se llamaba Julia precisamente. Es altamente probable que hayan
sido ellos. La musa inspiradora, vivía en Victorica en un ranchito que estaba en la última
manzana de los Pisaderos, sobre el camino viejo, que unía Victorica con Telén. Me queda la duda, si
alguna vez Tello la consultó, porque él visitaba a la familia indígena Medina que vivía
en la loma de Los Pisaderos, una paisana que había venido desde la Colonia Emilio Mitre, hacia donde lo solía ver pasar con una tira de
asado y una botella de vino.
Algunos conocimos a "La Julia" cuando nos encontrábamos en
la década de 1950 en el grifo, en la esquina de la manzana donde estaba el
boliche de Matías Ramos, que después fuera de Irineo Figueroa y finalmente el Bar “El Puma” de Chino de la Nava.
El jagüel que tenía en su rancho se había secado, igual que nuestros pozos
familiares, a partir de fines de la década de 1940, cuando se instalaron las
grandes bombas del Servicio de Obras Sanitarias de la Nación en los médanos cercanos. Desde el pie de los mismos se extrajo el agua con que se alimentaron los grifos públicos y las
conexiones a escuelas, el Banco, el Hospital y otros organismos públicos.
Cruzando la calle, enfrente a su rancho,
vivía el indio Olmo, más cerca de la laguna estaba el rancho de los Seivane y trasponiendo la calle, estaba la chacra de los Cazaux, donde vivía la familia Cortés
y la del paisano carneador, el morocho Luzuriaga. Allí solíamos encontrarnos con Julia, quien igual que nosotros andaba juntando piquillín,
chaucha de algarrobo y papa de monte, también poleo, carqueja, paico, para las tisanas o tomillo y
a veces pichana para hacer escobas.
El duo "Las Voces del Pueblo" conformado en la década de 1970 por Pedro Cabal y su creador Alfredo Gesualdi, vestidos con ponchos de guarda pampa
El despertar del poeta
Alfredito desarrolló primero su gusto
por la buena música folklórica nacional. Sus amigos "Chumo" y "Pocho" Riela, el
primero un excelente bandoneonista y el segundo un muy buen dibujante, pintor y
también bandoneonista, ambos jugadores del equipo de Cochicó. Ellos le hicieron
escuchar a Los Andariegos, Los Quilla Huasi, Los Nombradores, Los Fronterizos y
también a "Pichuco" Troilo y Astor Piazzola todos grandes músicos y cantores que ha dado nuestra Argentina.
En la quinta de la familia Riela, los
músicos se solían juntar con los hermanos Urquiza: Hugo bandoneonista, Carlos y
Beto guitarristas y ahí estaba Alfredo viendo, escuchando, y admirando algún
ensayo para las noches de serenatas, algún acontecimiento familiar o encuentro
amical en el boliche fogonero.
Victorica es un pueblo que siempre ha
tenido los bares y confiterías del centro y los populares boliches de las
orillas. Cuando en la década de 1970 llegó la última oleada de la diáspora
saladina, arribaron los hermanos Fuentes. Se instalaron detrás del almacén de
Nicolás Hermanos y ahí enseguida hicieron una ramada grande, armaron cancha de
bochas y además del mostrador, pusieron mesas.
En ese boliche Alfredito conoció
por primera vez a “Chicho” Sejas, el autor de “Las Campanas de palo”. El que
abrevó de la vertiente de esos boliches, que lo recibieron paisanamente, fue el rubio Néstor
Massolo, quien volcó sus impresiones en el “Coplero de Victorica” de 1987, con
ilustraciones de don Andrés Arcuri, maestro de Pocho Riela y de Osmar Sombra.
“Alcánceme amigo Alfredo/ ese vaso de nostalgias/ y bebamos en las cuerdas/ el
rezo de las guitarras.”(Poema Nº1) “Hermano Chicho la vuelta/por la vida ya
está paga/si en el sueño de los pobres/el amor está de farra.” (Poema Nº5)
Después, Chicho fue músico estable de “El Diablo Rojo”, acompañado
por José Echeveste y los hermanos Morán, esos que grabó en 1975 Ercilla Moreno
Chá, para el Documental Folklórico de la Provincia de La Pampa. Carlos Morán
ejecutando una “verdulera”, interpretó una polca que había aprendido de su
padre, don Claro, fue acompañado en esa ocasión por las guitarras de Roberto su
hermano y Julio Cortés. Chicho grabó una ranchera ejecutada en acordeón a piano
y también un estilo acompañándose en guitarra.

La democracia y el canto popular.
En aquella apertura democrática fugaz de
la década de 1970, que se devoró el Golpe de Estado de marzo de 1976, e
instauró la más trágica dictadura, el joven Alfredito hizo su debut en público
con el dúo “Los Pampas”, que integró con Agustín Borthiry. Luego formó las
“Voces del Pueblo”, y junto a Pedro Cabal, antes del horror de la serpiente
verde, alcanzaron a obtener en Cosquín una mención especial por su actuación,
en la que interpretaron “La Chilquita” de Julio Domínguez "El Bardino". A principios de 1977, se tuvo la
noticia de la desaparición de su amigo Oscar Di Dio “en la noche de la infamia
y el horror”, que todavía no ha concluido.
Esta Julia que yo nombro
Yo la vi, transitar esas calles,
con sus pasos cansados y su mirada gris
y la vi, a quien fuera pionera
de esta vida tan dura y le cuesta vivir.
Y ella va, en las siestas del pueblo,
con su bolsa mugrienta de pedir caridad.
Arrastrando en la cruz de los años,
la ancestral esperanza que nunca
llegará.
Estribillo
Y andará cavilando en la noche,
descifrando el misterio que la pobreza
da.
Y en las fiestas derramando ternura,
como duende nocturno, yo la veo bailar.
Esta Julia, que yo nombro en mis versos,
tiene un ángel oculto que trasluce en su
piel.
Ella es, la flor del alpataco, la
jarilla, el tomillo,
la calandria sin voz.
Letra y Música: Alfredo Gesualdi-Luis
Giménez
Sentado "Chicho" Sejas, rodeado por sus amigos "Laucha" Muñóz, Alfredito Gesualdi, Marito Ojeda y Pérez, parte de la barra de "La Posta"
La Posta
El refugio del canto popular y sus
cultores durante la dictadura, fue “La Posta” de don Valentín Ramos y Luisa
Torres, a media cuadra de la casa de Chicho y los hermanos Morán. Don Valentín
había sido carrero y arriero y el solar de su casa fue parada de varios
baqueanos del oficio cuando vivía su padre. Allí se reunieron ellos, a los que se sumaron Alfredito,
el “Negro” Dasso que vive a media cuadra, Pedro Cabal y a donde llegó después
“El Bardino”. En una de las Fiestas de la Ganadería de esa década de 1970 Julio
Domínguez habilitó peña en una casa de la esquina de la calle de entrada a Victorica. Llegó
con su compañera Kuky Ramos, de ahí le quedaban dos cuadras a “La Posta”. Don
Juan Arias, Nelo Leonardi, don Montenegro, Laucha Muñóz, Marito Ojeda, Rikin
Lonati, Martincho, Josecho Echeveste y otros paisanos animaban los encuentros
folklóricos.
En el anteúltimo verso el poeta
introduce una metáfora, comparando a doña Julia con el alpataco. Dice el Ingeniero Agrónomo
Guillermo Covas en su libro “Plantas Pampeanas” que la voz alpataco es de
origen quechua y significa “planta de la tierra”. Juan Carlos Bustriazo Ortiz
escribió: “El alpataco es un indio/que mira desde su hondura, /hosco, amargo,
resistido, /para siempre y para nunca.
Pero a veces se me vuelve/silbo, grito y
esperanza:/entonces el alpataco/es un paisano que canta.”
Esos criollos cantaban y tocaban la
maravillosa música que a Julia le encantaba bailar y tararear hasta las
madrugadas. Había nacido a principios
del año 1916, cuando Argentina se aprestaba a concelebrar el primer centenario
de nuestra independencia y los dirigentes del Territorio de la Pampa Central se
ilusionaban con la posibilidad de su autonomía. Falleció el año 1992, el año que se cumplieron
los 500 de la llegada de los españoles a América. La doctora María Fernanda Álvarez escribió
como causa “insuficiencia respiratoria”, seguramente una vieja deuda que le
cobró el consumo de tabaco. Sobrevivió los últimos años con una pensión de la
caridad pública. Está sepultada en el cementerio de Victorica.
Fotos: Del autor de la nota y de la web.
Entrevista a Alfredo Gesualdi en Victorica febrero 2017
Bigliografía consultada: citada en la nota
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