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miércoles, 12 de marzo de 2014

DOS ALEMANES EN VICTORICA



PERSONAJES DE ANTAÑO.
            En una toma fotográfica, del año 1946, probablemente para los festejos del cincuentenario de los Salesianos en La Pampa, entre un grupo de colaboradores de la obra de Don Bosco en Victorica (La Pampa), junto al RPS  Juan Nazi y al Dr. Adolfo López Seoane, por entonces intendente municipal, aparece entre varios vecinos, don Luis Schwarz.
            En la memoria de 1951, de la Cooperativa de Electricidad de Victorica, fundada en 1946, que contaba con un motor de tecnología alemana Otto Deutz, se agradece la acertada colaboración de don Luis Schwartz, la que se reconoce en igual dimensión que la prestada durante 1950, era presidente de la misma por esos años don Gregorio Maceda.

            Don Luis era un alemán, probablemente llegado a la Argentina, como tantos otros inmigrantes, huyendo de los preparativos bélicos de la segunda guerra mundial.  De estatura mediana, cabello castaño, cutis cetrino, ojos pardos, nariz aguileña.  Hablaba el castellano con el duro acento de su idioma natal. Vivía frente a la sucursal de Federico Calandri. Cruzando la calle estaba el ex hotel “Francés” de los Cazaux, por aquellos años regenteado por don Marcos Figueroa y su familia. En la otra esquina estaba la casa de don Sebastián Carballo y su familia.

            Aparentemente el inmueble donde estaba la vivienda y el taller, más un automóvil Chevrolet 1938 color azul que conducía don Luis, habrían pertenecido a don Clemente Casadeval  dueño de un campo en la zona.
            Hacia el costado oeste estaba la vivienda de don Pedro y Magdalena Baldi italianos, y hacia el norte, separado por un baldío se encontraba el boliche del judío da nacionalidad alemana don Jonathán Humberto Raiman y unos metros mas allá la carnicería del árabe  Bóles.
El bolichero judío.
             Según Enrique Pereyra, (alias el Negro Jofré), Raiman había llegado a Victorica desde una de las provincias sureñas, era un hombre de cutis rosado fuerte, lampiño totalmente, dado que no tenía, cabellos, cejas, bigotes o barba y no era porque se afeitaba, sino porque directamente no asomaban. El correveidile del pueblo decía que eso era producto de las torturas a las que habría sido sometido en su país de origen.

            De estatura baja, fornido, ojos claros, con manchas en sus manos y brazos y aun en parte de la cara y el cuello, probablemente vestigios de quemaduras, a las que habría sido sometido por sus torturadores. Usaba bufanda o pañuelo y anteojos ahumados permanentemente, aún dentro del local en el que trabajaba.
            Mientras que don Luis era técnico electricista, entendido en radiorreceptores, don Humberto era “bolichero”. Vendía copas al mostrador, pero también tenia una mini despensa, en la que comercializaba, vino suelto que compraba en bordelesas, uva fresca de su propia parra, zapallitos del tronco, cebolla de verdeo y algunos choclos de estación de su quinta en el terreno del fondo, más golosinas, cigarrillos, tabaco y fósforos. También atendía algunos parroquianos que jugaban a las barajas españolas y mientras se divertían tomaban café y bebida blanca,en invierno, caña, cognac o ginebra “Llave” o “Bols” o cerveza y vino en verano.

            Algunos de sus parroquianos diarios eran Paulino Correa, Urbano Sosa, José Jofré, Matos, el que le hacía la quinta, Dorta un mecánico del taller de Roberto Pagella,  “mudo” Carballo,  “Lalo Cisneros”,  “Lalo Sosa”, el carnicero Bóles y el propio Schwarz, quien tomaba allí su primera caña de la mañana.
            El 24 de julio de 1943 un núcleo de vecinos eleva al Consejo Municipal del pueblo un petitorio para el arreglo de la calle gobernador Luque, entre ellos esta la firma de Humberto Raiman.
            Don Luis Schwarz era católico practicante, colaborador de la obra de Don Bosco en Victorica. Probablemente haya llegado allí por indicación de algún cura de los alemanes del Volga que estuvieron en Colonia Barón en la Iglesia San José y en Telén.



En la última fila en el extremo derecho con mano en bolsillo está don Luis Schwarz, al lado de don Roberto Pagella vecinos de la cuadra
 
            En los primeros años de fundación de la Colonia Santa María aparece por el año 1915 cuando se hacen cargo los salesianos, un cura llamado Ludovico Schwartz, primer capellán vicario que conocía el idioma alemán. El año 1937 el RPS Luis Schwartz aparece en Telén, pero aquejado por  enfermedad poco tiempo después se retira de La Pampa.

            En 1940 don Luis Schwarz presenta un presupuesto a la Asociación de Beneficencia para la instalación eléctrica de timbres en el Hospital de Victorica y posteriormente otro  para instalación de agua corriente, fría y caliente, a la cocina nueva. En el membrete de las hojas se lee “Taller Mecánico”, debajo los rubros “Instalaciones de agua corriente” y en el renglón siguiente con letra de imprenta más pequeña y en negrita, “Electricidad y Radio”.

            El alemán y el judío-alemán, sostenían una amable vecindad, pero cuando el alcohol desinhibía y aflojaba la lengua, el pensamiento nacionalista duro de don Luis herían la sensibilidad del hosco y huraño Raiman.  Ambos eran inmigrantes, sin familia constituida en Victorica.. Schwartz era cliente del Hotel Figueroa, mientras que Raiman comía en su propia casa. Ambos eran clientes de la lavandera y planchadora doña Jacinta Gil viuda de Nuñez, que vivía en un rancho en la esquina, frente a lo del italiano Cesanelli y de Germán Funes uno de los porteros de la escuela 7.
            Enrique Pereyra recuerda que Schwartz usaba un cinto con una gruesa hebilla en la que había inscriptas tres palabras en alemán. Vestía chaquetilla de mecánico con varios bolsillos, botines y sombrero de paño.

            Teresa Spadini, junto a Mary Balbi cuando niñas, se quedaban absortas frente a la puerta o la ventana del local de Raiman, mirando los grandes cuadros con hermosas reproducciones de ángeles de bellísimos rostros y alas blancas recortadas sobre un firmamento celestial.
El radiotécnico.
Por esos años iniciales de la década del 50 la Cooperativa extiende el radio y el horario de prestación del servicio eléctrico. Asimismo la mejora general de los salarios permite que las familias de los trabajadores puedan acceder a los electrodomésticos y sobre todo al radiorreceptor. La radio era el aparato más preciado por toda la familia porque a ella nos apegábamos todos, en distintos horarios. Los niños, para escuchar Tarzán o Sandokán el Tigre de la Malasia, las abuelas, las madres y las tías para escuchar el radioteatro “Los Pérez García”, nuestros padres los programas de tango como “El Glostora Tango Club”, los de humor como “La Revista dislocada” y el deporte, fundamentalmente el fútbol, el box y el turismo de carretera.

            Por aquellos años, las familias más pobres tenían radios que alimentaban con una batería que era necesario hacer recargar. Uno de los lugares donde se recargaban era justamente la Cooperativa. Mi padre había preparado un esqueleto de carretilla en la cual a mí me tocaba transportar el acumulador. Allí lo solía ver a don Luis compartiendo el trabajo junto al español Maragoñas, mientras preparaban la parrilla para el asado de la guardia nocturna.
            Me solía llamar la atención ver, por la  vidriera de su local, a don Luis con grandes auriculares, arreglando aparatos de radio, mientras trataba de sintonizar en onda corta el programa de su preferencia.

            El amigo Cacho Peralta recuerda una discusión con  “Titoro” Jiménez, quien ofuscado le recriminaba a Schwartz en duros términos su demora en entregarle el radiorreceptor, que hacía varias semanas aguardaba en la pila. “Titoro” profería ya agravios de subido tono como “viejo atorrante, sinvergüenza” a lo que don Luis solo contestaba con su silencio, mientras Jiménez ya montado en cólera le expresa “Viejo borracho, prostituto”, ante lo cual don Luis, ya duro de oido y turbado por la discusión quiebra su silencio y le desmiente en voz alta: “Un momentito, puto no, puto no.!!”

            El Dr. Simón Sigalevich, un ucraniano, quien fuera director del Hospital desde 1956 en adelante, contrata a don Luis Schwartz para que colabore con el Alemán   Juan Kasper y el coterráneo Dailoff en el mantenimiento del motor y las instalaciones eléctricas.
La madre de todas las caídas.
            La soledad y el desarraigo, lo llevaron sus últimos años a refugiarse en la bebida. Recuerdo que solía aparecer por la cantina del club Social donde trabajé desde 1958 a 1962. En verano tomaba cerveza o cinzano con fernet y en invierno café negro sin azúcar acompañado de dos o tres copas de ginebra o coñac.
            Pero al club Social llegaba alrededor de la una de la mañana, después de haber pasado por el boliche de Jofré, el de “La Pobrecita”“La Posta” de Valentín Ramos, la cantina del club Cochicó por esos años regenteada por Jorge Moisés y a veces por la confitería del “Gato” Lamónica. Cuando escuchaba sus pasos vacilantes en el piso de madera, le encendía la luz para que no se llevara por delante la enorme villa, que estaba colocada a la entrada.

            El alumbrado publico por aquellos años se cortaba justamente a la una de la mañana. De modo que en noches oscuras y con varias copas encima, don Luis caminaba intuitivamente, dado que ese trayecto lo hizo durante varios años.
            Todo fue normal hasta que un grupo de vecinos de Victorica, a principios de la década del 60 se les ocurre donarle al municipio un monumento a la madre, el que es colocado en el centro del camino que comienza en la esquina de la Iglesia. El cura Eugenio Rolhaiser un descendiente de los alemanes del Volga la bendice, ante la presencia de la banda que dirige Mecca, rodeada de vecinos y autoridades.

            Una noche, don Luis venia mascullando sus cuitas, rumbo al club Social, el alumbrado ya se había cortado después que bajó los escalones del club Cochicó. Calculó los pasos que tenía que dar para subir los escalones de la plaza y se aprestó a continuar caminando. Pero se llevó por delante el monumento a la madre que su mente no tenía registrado y la noche oscura y sin alumbrado no le permitieron visualizar. “La madre que los parió, ¿quien carajo puso esto acá?!!”, contaba el "Negro" Di Dio que habría expresado don Luis, indignado por haber sufrido una caída inesperada a raíz de la cual se rompió la nariz.

            En 1960 don Luis ya tiene competencia instalada en el pueblo, porque Benjamín Berrio ha puesto desde hace unos años su propio taller de reparación de radio. Cuando nos reuníamos con el “flaco” Etcheverry“Toto” Becerra a cenar en lo de Figueroa nos encontrábamos con don Luis que era cliente del hotel. En el vecindario se había corrido la voz, no sabemos si estaba magnificada por el temor de algunas dueñas de casa o de las niñas que tenían hermosos mininos, que a don Luis le gustaban los gatos al asador.
            En tanto al judío Raiman también le aparece competencia,  del “Toto”  Álvarez, quien abrió boliche frente al taller de Pagella, el propio Matos su quintero, también ha hecho lo mismo.

A la derecha, el cuarto hombre, de sobretodo es don Luis Schwarz. A la izquierda del Obispo se encuentra el fotógrago Rex Murad, conocido como "Turco" Prado y entre ambos detrás el Párroco RPS Juan Nazzi



La gente ha podido acceder a heladera propia para su hogar, de modo que la venta de bebida fría  disminuiyó, lo mismo que la de barras de hielo que compraba en lo de Rochereul y mantenía en el sótano para ir fraccionando y revender en trozos. Por otro lado las verduras y hortalizas como las frutas no solo las venden a domicilio el “Gallego” Urmente, sino también Pedro Piccolomini, además que la mejora de los caminos permite la llegada periódica de camiones con fruta, papa, ajo y cebolla desde las provincias vecinas. Ya sus años casi no le permiten subir a la escalera para atar cada racimo de la parra y colocarle la bolsa de papel madera para defenderlos de los pájaros y menos hincarse en la tierra para sembrar ajos o zanahorias.

El progreso y los años a ambos les van restando capacidad laboral a la par que comienza a deteriorarse su salud. El cigarrillo y el alcohol hacen el resto. Don Luis Schwartz es suplantado en la Cooperativa por el más chico de los Kasper, en tanto que el otro hermano Felipe Kasper que trabajaba en lo de Calandri, terminó comprándole la propiedad en la que estaba no solo el taller de radios sino tambien la fosa del taller mecánico y su vivienda. Lo que fue la vivienda y comercio de Raiman fue demolido y sobre el terreno se construyó años después una vivienda familiar.

            Raiman falleció en septiembre de 1961, el diagnostico de Simón Sigalevich fue tumor de laringe. El acta de defunción lo consigna como de nacionalidad alemana, con sesenta y un años de edad, soltero y comerciante.
            No se consigna documento de identidad alguno ni dato de filiación sobre sus padres. Curiosamente aparece como declarante de la muerte don Aloisio Schwarz, soltero, domiciliado en Victorica de cincuenta y nueve años, quien dice ser amigo del fallecido.

            Alcanzó a conocer la noticia de la captura en la Argentina de Adolf Eichmann en mayo de 1960, el mayor exterminador de judíos en la Alemania nazi. Seguramente Raiman recordaba algunos crímenes horrendos del holocausto, por eso era que no podía tolerar ni en broma que alguien lo denigrara con anécdotas entre alemanes y judíos.
            Cierta vez don José Jofré que era uno de sus pocos amigos, lo invitó a comer un asado, al que asistió Raiman. Luego de degustar el mismo y ya en la sobremesa uno de los invitados con unas copas de más lo agredió por su condición de judío, manifestándose de acuerdo con la política de Hitler. Eso bastó para que nunca más Raiman aceptara otra invitación a la casa de su amigo que también tenia boliche en la zona de la estación del ferrocarril. 

            Su vecino y connacional Schwartz lo sobrevivió más de una década. Alguien le había otorgado una pensión para que pudiese sobrevivir sus últimos años. Tampoco hay datos sobre filiación, ni documento de identidad alguno y menos causa de la muerte de don Luis que ocurrió un mes de mayo de 1972, la que es declarada por un empleado municipal.


lunes, 23 de diciembre de 2013

EL NEGRO DE LA CHACRA

Después de cuarenta años sin tener noticias sobre su paradero, ni sobre su familia, o su salud, el pasado 7 de diciembre de este año 2013, logré localizar al amigo de la infancia Anacleto.

Anacleto Fructuoso Buenaventura García, alias "El Negro de la Chacra", como le decía nuestro padre Marcial, se crió en la chacra que nuestra abuela Elina García viuda de Roldán tenía en Loventuel y que luego compró don Prudencio Sánchez y que en la actualidad es de propiedad de una de las hijas de don Renato Silva nuestro lechero.

Su padre y nuestra abuela eran hermanos y como la familia era numerosa, hacia finales de la década de 1930, su tía, nuestra abuela, se hizo cargo de su crianza. Según el propio Anacleto su tío Pedro García lo habría inscripto dos años después de su nacimiento que habría ocurrido alrededor de 1937.

A don Fructuoso, su padre, que trabajaba en campos del sur de la provincia de San Luis, no lo encontraron cuando nació su hermano menor "Coco" y por eso lo asentaron en el Registro Civil con el apellido de su madre Ojeda. "Coco" Ojeda fue empleado de la panadería de Humberto Ribas, integró el equipo del Club Cochicó, luego se trasladó a Santa Rosa, donde puso su propia panadería y en la actualidad estaría viviendo en San Luis con uno de sus hijos.

A la izquierda "Cacho" Peralta, al centro Anacleto y a su lado Luis Ernesto Roldán, su amigo de la infancia

Cuando nuestra abuela vendió la chacra, adquirió un cuarto de manzana a una cuadra de "Los Pisaderos", con una casa construída en la esquina de las calles General San Martín y Jaime Sidebottom. Como había traído un par de vacas lecheras, un caballo, algunas gallinas, Anacleto era su ayudante, el niño de los mandados y su acompañante.

En ese predio, supimos juntarnos con Anacleto, que ya era visitado por su amigo "Bebe" Castillo, a jugar a los cowboys o a "policías y ladrones". Recuerdo que abuela Elina lo mandaba a comprar carne a la carnicería de Bolé, a lo de Calandri, a comprar pan a la panadería de "Tito" Plaza. En todos esos lugares Anacleto pedía la yapa como se acostumbraba en aquellos años, pero además con su picardía y sus necesidades de un adolescente, se quedaba con algunos vueltos.

Una de las anécdotas que nos contó fue aquella vez que le robó a William Sidebottom un zorrino que tenía en el patio. Anacleto tuvo la ocurrencia de llevarlo una noche al baile que había en el Club Cochicó y con la complicidad de algunos amigos, lo soltó en medio del baile, con la consiguiente alarma cuando el zorrino regó su apestoso y penetrante orín por todos los lugares donde pasó.

Trabajó de ayudante de cocina en el Colegio Don Bosco, cuando el cocinero era Cisneros. En ese lugar le tocaba también hacer los mandados. Comprar la carne en la carnicería de Miguel Peralta, el padre de Cacho, el pán de la panadería de Sierra.

Cuando le tocó el servicio militar fué destinado al Regimento de Toay, allí se encontró con "Coco" Marini, otro de sus amigos, el gran constructor de barriletes, el jugador de bolitas y de figuritas. Gran lector de las ediciones de historietas de cowboys. Años después sería arquero del Club Cochicó.

Anacleto trabajó en muchas actividades, una de esas fue en 25 de Mayo, cuando se estaban haciendo las obras del puente dique. Fue con el "Bicho" Gilardenghy, quien tenía camión. Después se convirtió en hachero, para la década del 1970 la última vez que lo ví estaba trabajando en la estancia "Las Vertientes".

Se había juntado con una paisana, que le dió dos hijos varones. Ahora en la vejez, ya jubilado, vive en Victorica en casa de una familia amiga de la zona de Martín de Loyola, provincia de San Luis.

domingo, 14 de agosto de 2011

ALFREDO GESUALDI

De lustrabotas a "oráculo" lugareño.
En el denominado “Barrio Latino” de Victorica, del entonces Territorio Nacional de La Pampa Central, a principios de la década del veinte del siglo XX, vivía la familia del italiano Anunciado Gesualdi, que había formado su hogar con una paisana, cuya familia residía en la misma manzana.
Don Anunciado desposó a Teresa Piccolomini, a quien había entregado su corazón, probablemente en alguna de las reuniones bailables que solían realizarse en la Sociedad Italiana, a una cuadra de sus propias viviendas.


Anunciado fue uno de los fundadores de la Asociación de Socorros Mutuos “Humberto 1º” que inauguró a principios de la década del Centenario de Argentina un espléndido salón.
De esa unión nacieron once hijos. Tres varones y ocho mujeres. Típica familia numerosa de los estratos sociales más pobres de aquellos tiempos.




El 25 de noviembre del año 1921, llegó al seno de la familia el segundo varoncito, al que bautizaron con el nombre de Alfredo.
Por ésos años don Anunciado trabajaba de alambrador. Recién después de la década de la abundancia, luego de la llegada del ferrocarril a la zona en 1908 y con la Argentina constituida en “el Granero del Mundo”, exportadora de lanas, cueros, carnes y cereales, los campos de la zona comenzaron a alambrarse. Había mucho trabajo para las comparsas de esquiladores, para los troperos y para los alambradores.



Ese mes de noviembre en Victorica llovió 27 milímetros y el año cerró con un total acumulado de agua caída de 638 milímetros, por encima de la media. El italiano Pascual Mazzuco, en su chacra, a tres o cuatro cuadras de la vivienda de los Gesualdi hacía maravillas en su quinta de hortalizas y frutales.
Alfredo creció y cuando llegó a los siete años de edad fue el momento de ir a la escuela. El año 1928 todo el vecindario de Victorica, escuchó el 12 de octubre el repique inaugural del flamante campanario de la Iglesia Nuestra Señora de la Merced, al que don Félix Berazategui instaló en la torre.




Alfredo asistió de primero a cuarto grado del nivel primario del Colegio, su hermano Isidro había sido de los primeros alumnos cuando abrió por primera vez sus puertas el año 1923, la escuela de la Misión Salesiana de Don Bosco, en la que supieron trabajar varios curas italianos, entre ellos el recordado Juan Roggerone, apodado “cura gaucho” y luego José Durando “El Apóstol del Oeste Pampeano”.
Así iba transcurriendo la vida del niño Alfredo, hasta que de repente, el año 1931 se produce el fallecimiento de su padre, cuando sus diez años todavía no le permitían aceptar la tragedia humana. Su hermana Dora, la menor, (casada años después con Ricardo Guzmán), contaba tan sólo con once meses.



A partir de ese momento la vida de los Gesualdi-Piccolomini, sin el jefe de familia que proveía los ingresos para la manutención, se complicó mucho más, porque al drama familiar, se sumó la crisis de la década del treinta, en la que escaseó el trabajo y avanzó la pobreza.
Eso impulsó a los miembros de la familia a intensificar el trabajo personal, comenzando por el que realizaban en su propia casa, la que tenía un solar, en la cual había una quinta, un gallinero y un molino con tanque de agua.



De allí obtuvieron pollos, huevos, verduras y algunas frutas del parral y otras plantas como perales y membrillos. El excedente del consumo lo vendían a los vecinos.
Recuerdo haber ido con mi primo Coco Cesanelli a esa casa, a principios de la década del 50, a juntar el fruto carnoso y dulce del Nopal, de cuyas plantas había muchas, en el costado que daba para el lado de los médanos.
Alfredo y sus hermanas/os hicieron eso, para ayudar a su madre y sus hermanos menores. También fue lustrabotas (en aquella época la gente que mayoritariamente vivía en el campo todavía, utilizaba botas), fue también vendedor de diarios y repartidor-vendedor de pan a domicilio en un carrito de dos ruedas.




Después fue “boyero” en la estancia “La Guarida” cercana al pueblo, allí aprendió a andar a caballo y a conocer las costumbres de los animales, sobre todo ovejas (la mayoría) y algunas pocas vacas.



Tiempo después trabajó en la carnicería de don Alfredo Belén, cuyo local estaba situado donde actualmente es el domicilio de la familia de Julio Pagella.
Cada vez que don Belén hacía asado y eso era bastante común, lo mandaba a Alfredo al Almacén “Los Vasquitos”, que estaba en la esquina donde actualmente está situada la firma Calandri y Cía. a cargo de los hermanos Balbi, a traer vino suelto en una pava.



Cuando ya tenía diecinueve años, el señor Guido Nievas, conociendo la capacidad de trabajo como empleado de comercio, y fundamentalmente su honestidad, lo lleva a Rucanelo a trabajar en la casa de Ramos Generales del señor Álvarez, que tenía mucho trabajo, dado que atendía cinco obrajes en los alrededores de donde se extraía leña, postes y varillas del bosque de caldén, que había visto reactivar su explotación porque comenzaba la segunda Guerra Mundial en Europa.
Al cumplir los veinte años se incorpora al servicio militar obligatorio en la base de la Marina Argentina en Puerto Belgrano, (Punta Alta, provincia de Buenos Aires).
De regreso a Victorica ingresa a trabajar en el Almacén de Ramos Generales de los hermanos Imbelloni. Posteriormente se casará con Francisca Vicenta Imbelloni, hija de don Vicente, el socio administrador de la firma.



De ese matrimonio nacerán tres hijos, Alfredo Eduardo, María Angélica y Luis Alberto.
Domingo Di Dio, que fue presidente del Club Cochicó desde el año 1937 al año 1945 ininterrumpidamente, y que vivía en la casa vecina a la de los Gesualdi, es quien lo invita a Alfredo que se incorpore al equipo de futbol que ya vestía la casaca con la banda roja en diagonal.
Jugó con el número 2 y 3 hasta los treinta y cuatro años en que abandona definitivamente la práctica activa de ese deporte.
Después fue Presidente del Club en los años 1956-57 y 1960-61.




El 2 de Septiembre del año 1955, el azar cambió la vida ajustada y difícil de Alfredo Gesualdi, que lo había obligado a trabajar desde niño, alejándose de la escuela tempranamente.
Ese día su tío, “Pipo” Piccolomini le hace conocer que ha tenido la suerte de sacar el premio mayor de la Lotería Nacional con el número fijo que venía jugando el 10.611, con un premio de 200.000 pesos moneda nacional de curso legal.


Viaja a la provincia de La Rioja donde le pagan el neto del premio que alcanzó a la fabulosa cifra de m$n 156.000. Con ese monto hizo arreglar su vivienda y se convierte en comerciante autónomo. Abre una Barraca bajo el nombre de “El Cimarrón” y después una casa de comercio con el nombre de fantasía de “Líder Sport”, que como lo indica, tenía mercadería relacionada con la nueva juventud, aunque también con la vida tradicional de un Victorica que todavía no tenía asfalto, ni teléfono, ni agua potable corriente.



Lo conocí personalmente y lo traté a Alfredo Gesualdi a partir del momento que ingresé a trabajar en la cantina del Club Social desde fines de 1958 hasta mediados del año 1962. El era uno de los tantos socios que diariamente al mediodía y por las noches llegaba hasta las instalaciones del Club Social que supo tener una villa a la entrada y luego mesas donde se jugaba a distintos juegos a veces por la vuelta y otras por un pozo en efectivo al que todos debían depositar previamente.



Después en la década del setenta el Club habilitó canchas de bocha y Alfredo era uno de los más hábiles bochófilos. También integró la Comisión Directiva del Club Social.
Alfredo había sido una de las personas que integró la Comisión fundadora del Instituto de Enseñanza Media Básica “Félix Romero”, creada en el año 1958. El año 1970 tuvo la satisfacción de ver egresar a su hija María Angélica diplomada de esa escuela, como Perito Mercantil y como abanderada por sus altas calificaciones.
También integró la Comisión de la Liga de Fútbol del Oeste Pampeano en la década del sesenta.



Por otro lado y fiel a su espíritu de colaborador de las actividades comunitarias fundamentales para Victorica, fue integrante de la Comisión de la Cooperativa de Electricidad de Victorica Limitada.
Después, cuando su hijo Luis ingresó a la Escuela Agrotécnica, él se incorporó a la Comisión de la Asociación Cooperadora de dicho establecimiento.



En la década del setenta, cuando su hijo Alfredito comenzó a incursionar en el folklore, abrió la puerta de su casa para que los referentes del cancionero pampeano pudiesen tener un lugar de encuentro. Por allí pasaron “El Bardino”, “El Penca” Bustriazo, y Guillermo Mareque, entre otros, como ha recordado Néstor Massolo.
Luego cuando vino la década del ochenta y se repuso el sistema democrático, también su casa se llenó de jóvenes que, mate mediante discutían como hacer más justa nuestra sociedad, después de la larga noche de la dictadura.
Sus hijos Alfredo Eduardo y Luis Alberto le dieron la satisfacción de haberse convertido en los referentes provinciales del cancionero regional de La Pampa, con temas nacidos con letra y música de su propio cuño.



Sus últimos años lo encontraron convertido en el “Oráculo Victoriquense”, a quien recurría todo quien tuviera interés en conocer algo de la historia pueblerina y de la comarca regional, de la que conocía bastante, por haber andado recorriéndola con su camioncito como vendedor, por el sur de San Luis, todo el noroeste, 25 de Mayo y hasta Catriel, (Río Negro) en la década del sesenta.
Falleció el pasado 4 de agosto del año 2011 a la edad de 89 años, lo sobrevivieron sus hermanas Dominga y Clora.

jueves, 3 de febrero de 2011

"EL GATO" LAMONICA


Ricardo Adolfo Lamónica, alias "el gato", era uno de los hijos de los esposos Lamónica-Besone, inmigrantes italianos que habían llegado a Victorica a principios del mil novecientos, desde uno de los pueblos pampeanos, en la línea del ferrocarril oeste, previo paso por el sur de Santa Fe.

Fue colaborador de varias entidades del pueblo, tenía un espíritu jovial, abierto, dicharachero y buen olfato para los negocios. Llegó incluso a hacerse de alguna punta de vacas, Se hizo construir su casa de familia, en el predio donde antiguamente había vivido la familia de Francisco Rebollo. Allí vive actualmente su hija menor.


Sentados en primer plano de camisa blanca Ricardo Adolfo Lamónica, a su lado Domingo Riela, después de uno de los frecuentes asados que organizaba en el patio de la Confitería para la barra de amigos. Entre otros se pueden apreciar de izquierda a derecha Amadeo Palmieri, Raúl Kenny, Daniel Martín, Hugo Viniegra, Ruben Palmieri, Pérez Leyton, "Chivo" Becerra, Ricardo Guzmán y "Bicho" Gilardenghy. Más atrás Américo Viglino, Carlos Gesualdi, Edmundo Palmieri, Camilo Houriet y Oscar Nicolás.

Adolfo o "el gato" como popularmente se le decía, formó familia con Elsa, una de las hijas del italiano Emilio Gilardenghy y su gran colaboradora en todos los emprendimientos comerciales que encaró. De ese matrimonio nacieron dos niñas, a la mayor le pusieron de sobrenombre "Micha", se recibió de maestra y ejerció en la Escuela Nº7.

De mis primeros recuerdos de este entrañable personaje de la Victorica, de las décadas del cincuenta y del sesenta, Adolfo (se lo llamaba generalmente por su segundo nombre), era muy amigo de hacer chanzas y bromas de todo calibre. Tenía un negocio en la esquina, detrás de la Escuela Nº 7, cruzando la calle estaba el comercio de los hermanos Fuentes y en la otra esquina el de don Ramón Luis Eiras.

Se dedicaba al arreglo y limpieza de prendas masculinas que eran parte de la moda de aquellos años. Los sombreros, los pañuelos de cuello, las chalinas, los chalecos y hasta los ponchos.

Después dejó ese oficio que se vino a menos, por el cambio de la moda y se convirtió en el concesionario de la Confitería "Victorica", cuyo local era propiedad de don Emilio, su suegro, que estaba situado al lado del Cine "Armonía" y del otro lado el negocio de despensa de los hermanos españoles Romero, sobre la calle Coronel Ernesto Rodríguez (hoy Nº 17)


En otra de las habituales cenas, generalmente con asado, preparadas por "El Gato", quien se encuentra sentado en primer plano. Entre los jóvenes de la década de fines del cincuenta se observan de izquierda a derecha: Ubaldo Ricarde, Alvarez, Carlitos Garmendia, "Bicho" Ricarde, Carruthers, "Pepe" Sosa, Alfredo García. Más atrás, "Quina" Sosa, "Pepe" Romeo, "Pepe" Rivera, "Quique" Rebollo y Benito Montiel.

Como todo personaje popular al "Gato" le gustaba el fútbol, el box, las carreras de caballo, el automovilismo en la versión del turismo de carretera. En ésa época no había televisión, pero él tenía una radio siempre encendida detrás del mostrador, para no perderse los partidos del Campeonato Nacional, o las grandes peleas en el Luna Park de Buenos Aires.

Como la luz eléctrica se cortaba a la una de la mañana había que tener los faroles a kerosene preparados para encenderlos a tiempo. En la época invernal además se debía tener preparadas también y en buen estado las estufas a kerosene, aunque el local contaba con una estufa a leña, pero no alcanzaba a templar todo el amplio ambiente.

Para atender al aire libre hizo preparar unas mesas estructura de hierro y tapa de granito, que se podían dejar a la intemperie y limpiarlas fácilmente. Cuando había mucha demanda, entonces recurría a las de madera que permanecían dentro del local. Todavía no se conocían las sillas de plástico, que llegaron mucho después.

En la foto se puede apreciar algunos objetos que aún están en propiedad de su hija menor. Un cuadro con una caricatura que le hizo un dibujante que pasó unas semanas en Victorica que firmaba "Rádico", algunas tazas para te y café, un copetinero de metal y un taco de billar.

En la Confitería "Victorica", administrada por "el gato" diariamente estaba abierta desde la mañana a la hora del desayuno, hasta bien entrada la noche. Se tomaba infusiones, bebidas espirituosas, gaseosas y los tradicionales "vermouth" con más de una docena de platillos con distintos productos para acompañar, el "Cinzano" o el "Gancia".

El local contaba con un billar, que en la década del sesenta ya quedaban pocos en Victorica. Uno en el ex Hotel Francés de su época de oro de la mano de los Cazaux, otro en la cantina del Club Cochicó y una billa (que es una mesa de billar con troneras en las cuatro esquinas y en el medio) en el salón del Club Social, metros más hacia el oeste de la Confitería.

Pero en su afán de atraer a la juventud y las distintas categorías de público, Lamónica, había incorporado dos metegol y después trajo un billar-gol. Los instaló en una de las piezas, los que eran sacados al pasillo cuando esta se transformaba en el "reservado" para los apostadores.

Para los amantes de las barajas españolas, el cubilete y los dados, como para el póker, estaban las mesas redondas cubiertas de paño y cuando la tenida era fuerte, la sala "reservada" hasta altas horas de la madrugada los fines de semana. En ciertas ocasiones también se supo ver jugar en aquellas mesas al dominó, a las damas y al ajedrez, juegos de mesa de invierno que practicaban algunos españoles.

Como se puede apreciar en este talonario de facturas, el local se denominaba Bar y Confitería "Victorica" y sobre el costado derecho aparece mencionado la Confitería y Heladería "La Perla" que era atendido por "Ñata" Gilardenghy, su cuñada y cuyo local se habilitó entre el negocio de los Romero y el Club Social.

Aquella década de mediados del cincuenta hasta mediados del sesenta aproximadamente vio convertirse a esta vereda de la cuadra donde estaba el Cine, la Confitería del "Gato", la Heladería "La Perla" y el Club Social con su pista de baile al aire libre, en una de las más concurridas para las actividades culturales y sociales.

Para tener clientela asegurada para la fiesta de Carnaval, solía hacer buenas donaciones para que la Municipalidad eligiese las cuadras que iban desde el Hotel Figueroa y hasta la esquina del Hotel Di Dio.

lunes, 21 de junio de 2010

VICTORICA DE ANTAÑO (I): La Llegada

En su folleto titulado “Félix Romero y la Biblioteca Popular Bartolomé Mitre de Victorica”, el señor Pedro Telmo Lobo, ensaya una especie de biografía que enlaza con algunos comentarios de los lugares en que le tocó actuar, a lo largo de su vida.
En el Territorio de La Pampa lo hizo no sólo en Victorica, sino también en Santa Rosa y en General Pico, donde ejerció el periodismo y participó de la política lugareña de aquellos años.
Es interesante rescatar algunos de sus párrafos, porque describe sintéticamente La Pampa y Victorica de los primeros años del 1900 y algunos de los personajes que conoció en su convivencia entre 1901 y 1906.

Era hijo del juez de paz del Departamento Loventue don Ángel Lobo (circa sesenta años) y cuando este enfermó le tocó venir a auxiliarlo, dado que era viudo y provenía de Santiago del Estero. Aunque tanto su padre como su madre eran catamarqueños de nacimiento.
En “mil novecientos uno llegué yo –expresa Pedro Telmo Lobo- maltrecho a Victorica: viajando catorce horas consecutivas por ferrocarril desde la estación Once de Buenos Aires a la General Lagos de la flamante segunda capital pampeana sucedánea de General Acha, Santa Rosa de Toay, y desde esta otra casi dieciséis más por tracción a sangre en la galera o mensajería de postas –transporte de pasajeros, correspondencia, equipajes y cargas livianas-, conducida por su empresario y contratista del servicio oficial don Matías Aspiróz.”

Y agrega el joven Pedro Telmo otro dato para que el lector se ubique: “Recién cumplidos en aquella metrópolis mis dieciochos años de edad y los estudios de bachillerato nacional.”

Paso al párrafo donde relata su encuentro con el también por entonces joven Félix Romero, aunque con algunos años más que el nobel bachiller. Dice Lobo “Pronto trabé relación con Romero. Al día subsiguiente de mi estada, por la tarde, visitando con mi padre al mayor don Adolfo Corbalán en su domicilio. Ahí Romero, infaltable al campechano rato casero charlando y saboreando la infusión del mate criollo sorbido en bombilla de plata labrada.”

Y acota a continuación la primera impresión que le causó el encuentro: “Me agradó la reunión a inversa del trayecto incómodo hasta allí pisoteando y hundiéndome los pies entre la medanosa arena volandera de las calles, azotado el cuerpo por el viento pampero rugiente en oleadas enceguecedoras y hastiada la retina ante tanta topografía hirsuta de los solares baldíos sin desbrozar invadidos de olivo silvestre y pasto puna.”

Este párrafo que comienza con una sensación agradable y continúa con una descripción literaria bastante quejosa de las calles y el clima de Victorica de antaño, continúa luego con sus recuerdos placenteros: “Pero valía esto aquella tertulia franca, especialmente la simpatía que me infundió la sonrisa bonachona de Romero frecuente en su rostro cetrino. Maguer su hablar parco, su aspecto magro y su desaliño en el vestir, empero aseado. Tal simpatía fue recíproca y cundió en amistad duradera.”

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