miércoles, 12 de junio de 2013

DON GERMAN Y DOÑA LUISA

En la esquina de la manzana, enfrente de la casa de los abuelos Cesanelli, de la Barraca de Eladio Rodríguez y de la lavandera doña Jacinta Sosa ("Viuda del desgraciado de Nuñez" como ella misma solía decir), estaba y aún está, la vivienda de la familia de Germán Funes y Luisa Cisneros. Éramos vecinos, del Barrio Los Pisaderos de Victorica, porque desde su casa hasta la nuestra, quedaba menos de una cuadra, dado que nosotros cruzábamos  por un caminito y salíamos por el alambrado justo frente a los tamariscos de los Funes.

A Germán lo conocí desde niño, cuando iba a la escuela primaria Nº 7, donde él desempeñaba el puesto de portero y a Luisa la conocía porque cada vez que pasaba por la vereda de su casa rumbo a la escuela o hacer los mandados, la solía ver trabajando en el patio o dentro de la vivienda.

A media cuadra de allí, sobre la misma vereda, vivían nuestros tíos Luis Anselmo Spadini, casado con Selva Cesanelli padres de nuestras primas Teresa y "Negra".
Comencé a visitarlos cuando aún estaba cursando la escuela primaria. Era un ambiente familiar formado por Germán y Luisa y creo que por aquellos años (mediados de la década de 1950) ya integraban la familia "Cacho" y "Chita", los dos hijos mayores.

Luisa tenía un hermano apodado "Lalo", que era un personaje muy conocido y popular en el pueblo y dos hermanas menores, María y Juana que vivían junto con su madre, doña Catalina, una abuela muy saludadora y atenta, a dos cuadras, en la manzana frente a lo de Serraino.

Con "Lalo" comenzamos a mantener conversaciones sobre todo del campo político o deportivo y entablar una amistad. Recuerdo que cuando llegó la"revolución libertadora" que derrocó al gobierno del presidente Juan Domingo Perón y comenzó el mandato de Rojas y Aramburu, Germán para hacerlo renegar, le decía Rojas a Lalo y el se ponía colorado de la ira que le entraba por esa comparación.

En una habitación contigua, alquilaba  "Trujillo". Trabajaba de pintor, a veces de mozo, le gustaban los juegos de azahar, las carreras de caballo y noviaba con la María, cocinera del Hotel Figueroa.

Los fines de semana o los feriados, en la casa de Luisa y Germán se jugaba a la lotería familiar de cartones. Algo muy común en aquella época. Recuerdo que cuando era más chico acompañaba a mis padres que iban a jugar a la casa de la familia de don Ramón y María Ochoa, cerca del cementerio. También íbamos a la casa de don Vicente Muñóz y su esposa Emma, asimismo en la casa de doña Geromita y Tomás Pérez, la peluquera de las vecinas del barrio, que tenía su casa a una cuadra y media de la nuestra. También a lo de Fortunato Romeo y su esposa Ñata, quienes alquilaban en casa de nuestra abuela paterna Elina, cuyo terreno era contiguo al solar de los Funes.

De modo que los sábados por la tarde ya se sentía el olor a torta frita que Luisa solía hacer para tomar con mate. Un poco más tarde llegaba doña Elcira de Urquiza, la esposa de don Justo, -padre de Haydee, Alicia, Humberto, Carlos, Hugo-, quien trabajaba en Obras Sanitarias de la Nación.

Para eso de las siete, luego que terminaban los partidos de fútbol o la transmisión del TC se armaba la mesa a la que nos arrimábamos, unos en sillas otros en banco de madera. Podía ser lotería o el chinchón, el otro juego que nos entusiasmaba, aunque a veces también aparecía la generala.

Para hacerlo más atractivo se depositaba algún pesito o algunas monedas. Recuerdo que Luisa tenía mucha suerte, en cambio Lalo cuando no ligaba nada se enojaba enseguida y como a veces andaba corto, no podía tomar desquite y Luisa era exigente en no fiarle el reenganche si no tenía plata.



Además del chinchón en esa casa fue que aprendí a jugar al truco. La mesa solía armarse con Germán, don Justo, el "Mudo" Carballo y con "Lalo". Yo solo observaba porque al principio no entendía nada, hasta que después de hacer de "pato"  mirón y luego de algunas indicaciones, lo comprendí.
Pero también leía los diarios y revistas que compraban al diariero que repartía a domicilio Rafael Piccolomini. Algo que también hacía en la casa de mis primas y en la del abuelo Luis donde vivía mi primo Coco que era varios años  mayor.

Otras veces eran actividades de libre iniciativa de alguno de las visitas o de los dueños de casa. Por ejemplo, siempre recuerdo que un día Carballo, que vivía en la casa de la esquina frente al Hotel y cruzando la calle de lo de Calandri, trajo sus zapatos negros de vestir y nos enseñó como se hacía para lustrarlos y dejarlos al charol.

Si no me confundo el procedimiento consistía en: cepillar previamente los zapatos para sacarle todo el polvo que pudiesen tener. Después calentar un poco la lata de betún a la que le agregaba un poquito de alcohol. Seguidamente colocaba la pasta de betún con un cepillo en todo el cuero y la suela de cada zapato. Esperaba un rato a que estuviese seca para recién después tomar otro cepillo de cerda blanda para lustrar.
Luego tomaba la cera y le pasaba a cada zapato. Seguidamente para obtener un final de buen acabado utilizaba una franela amarilla o trapo de lana y se calzaba los zapatos; ponía alternativamente cada pie en un cajoncito y le pasaba fuerte y ligero la franela hasta obtener un brillo extraordinario.

En alguna otra oportunidad la cuestión era sobre como preparar ciertas bebidas, por ejemplo como hacer la sangría. O también como hacer ciertas comidas, por ejemplo peludo, picana de avestruz, torrejas con huevos de avestrúz, polenta con paloma, etc. A veces eran solo conversaciones y anécdotas, pero en ciertas ocasiones nos invitaban a cenar y la cocina de Luisa era un manjar tras otro. Como después continuaba la sesión porque en ésa época no existía la televisión, solía venir el momento del café con torta o pastelitos de dulce o un te de "chupe y pase".

 Otro día practicamos hacer bufandas de lana utilizando aguja crochet y un bastidor de madera con clavos. Tejía Luisa para ella y Germán y los niños, creo que Carballo también apareció al otro día con su prenda empezada y yo me sumé también tímidamente con el que había construido en manualidades en la escuela.

Como cuando terminé la escuela primaria me hice vendedor ambulante, Luisa y Germán fueron de mis primeros clientes a quienes les vendí camisas. Por supuesto que también fueron mis clientes Lalo y Trujillo.
Me alejé de las reuniones en lo de Germán y Luisa  a fines del año 1958 cuando mi abuelo Luis Cesanelli me fue a buscar para que le ayudara en la Cantina del Club Social que le habían concesionado. Como era un trabajo que me absorbía de mañana, tarde y noche, me fue imposible continuar participando de esas tertulias.

Por otra parte, para esa fecha creo que la familia de Luisa y Germán había crecido por lo menos en dos o tres integrantes más, por lo que las tareas propias del hogar se intensificaron y Germán comenzó a arreglar bicicletas en los ratos libres. Los Urquiza se vinieron para Santa Rosa y también mi familia. Nos volvimos a reencontrar cuando después de siete años me instalé con mi oficina en enero del año 1970. Todos habíamos crecido, estábamos cambiados, y  con responsabilidades distintas, pero siempre conservamos esa hermosa amistad y trato cordial.

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