jueves, 30 de julio de 2009

DEL BIOGRAFO AL CINE

Tal vez, el lugar donde primero se exhibieron películas en un biógrafo, en la época del cine mudo en Victorica, haya sido en el amplio salón de la Sociedad Italiana, inaugurado en 1904 y declarado recientemente patrimonio arquitectónico. Este salón está dotado de una boca de teatro, donde se llevaron a cabo inolvidables “veladas” con la puesta en escena de obras cuyos cuadros y personajes eran interpretados la mayoría de las veces por aficionados del lugar.

Después, cuando el invento del “Biógrafo” se hizo más asequible por la llegada del ferrocarril (1908), transporte mediante el cual iban y venían las cintas alquiladas a las distribuidoras de Capital Federal, los hoteles también agregaron esta diversión y más tarde los clubes hicieron lo mismo como forma de recaudar fondos
Fachada edificio Sociedad Italiana en refacción principios de la década del 90. En este Salón se proyectaban películas de la época del cine mudo. Amadeo Palmieri era el encargado de la máquina de proyectar.

Allí se habrán visto seguramente las películas del grandioso Carlitos Chaplín, las del inigualable dúo cómico Laurel y Ardy o el “gordo y el flaco” y las primeras películas del cine nacional, que tuvo su momento de expansión merced a las dificultades que introdujo la primera guerra mundial al tráfico de películas europeas.

EL BIÓGRAFO EN LOS HOTELES
Los hermanos Cazaux, propietarios del Hotel “Francés” hicieron de este instrumento un elemento de atracción diferencial mediante el cual competían con las otras colectividades del ramo. Aunque tampoco los italianos Lemme se quedaron sin incursionar en la exhibición del séptimo arte, decididos a ganarse el favor de la clientela habitual u ocasional para su “Restaurant Italiano”. Don Antonio Fuentecilla (casado con una Lemme y que fue intendente entre 1916-18) también supo regentear un biógrafo, aunque no sabemos si alguna vez los tres funcionaron contemporáneamente.
Fachada remodelada del Club Cochicó, entidad que en los comienzos también supo proyectar cine.

Pero es evidente que el escaso público no alcanzaba para tantas salas en un pueblo pequeño, por lo que es factible que el bordereaux muchas veces no haya permitido cubrir los gastos fijos. Esto llevó a Fuentecilla a desprenderse del negocio, pero con tan mala suerte que, quienes se lo compraron, nunca terminaron de pagárselo, por lo que tuvo que hacerse cargo nuevamente.

El cine mudo era apoyado por ejecución de piezas musicales en piano y guitarra, por bandas o, cuando aparecieron los fonógrafos, con los discos de pasta de 78 rpm. La época del cine mudo permitió el acceso a los mismos, a personas de todos los rangos sociales, porque era un cine fundamentalmente gestual, donde la mímica era esencial y la sucesión de chistes y bromas de corte acrobático mantenían la atención.

LOS CLUBES Y EL BIÓGRAFO
El Club Social se fundó en 1918 y una de las formas de recaudar fondos para sufragar los gastos o incrementar los ingresos para otras actividades, era la programación de sesiones de biógrafo. A veces las funciones se hacían compartiendo las ganancias líquidas con alguna institución benéfica como la Biblioteca Popular o la Sociedad de Beneficencia.

En la década del 20 y después de contar con salón propio, también el Club Cochicó exploró esta actividad. En la década del 30 el Club “Juventud Unida” pudo haberlo hecho también. Por supuesto que además de la entrada, los clubes incrementaban la recaudación con la explotación de las cantinas donde se expendían golosinas, bebidas, cigarrillos y a veces comidas rápidas, especialmente preparadas para el acontecimiento.

Eran los tiempos del cine de 18 milímetros en blanco y negro, faltaban muchos años todavía para que llegara la maravilla del “technicolor” en 35 milímetros y varias décadas para que el sonido estereofónico brindara a los espectadores la posibilidad de deleitarse, aunque las salas no tenían demasiada acústica.
El salón Comedor del Hotel "Francés" y el patio del mismo sirvió para el Biógrafo de los hermanos Cazaux en invierno y verano.

LOS CINES
El Cine “Armonía”, comenzó siendo explotado por Sansinanea allá por la década del 30 cuando ya el sonido le daba un impulso fundamental a esta verdadera industria cultural. Después lo adquirió el italiano don Emilio Gilardenghi, quien lo explotó durante muchos años. Tenía situada su sala al lado del edificio del Banco de la Nación y en el salón contiguo estaba la confitería.

En la década del 40, en el primer piso del salón “Don Bosco” del colegio salesiano se puso en marcha otro cine con películas seleccionadas para las familias católicas, previa censura de la programación por parte del cura párroco de la época. Aunque en ésta sala se llevaban a cabo la puesta en escena de obras de teatro, no era fácil el acceso, porque había que subir escaleras, además y a pesar de los ventiladores agregados a los costados de la pared, el calor en verano se hacía bastante insoportable.

En el cine Armonía los ventiladores pendían del techo y el edificio estaba más resguardado del sol por las paredes de los edificios contiguos, aunque cuando el calor se hacía agobiante, se recurría a abrir una puerta que daba al patio para hacer corriente de aire con la puerta de acceso.
Durante algún tiempo la familia Figueroa a cargo del ex Hotel “Francés” supo dar funciones de cine al aire libre en el patio.

Ya había comenzado la época del cine sonoro, lo cual significaba una extraordinaria maravilla. Después vendrían otros adelantos como el de la función continuada (con dos máquinas) sin tener necesidad de ir proyectando con cortes cada vez que, de una lata se pasaba a la otra, lo cual era ocasión muchas veces para equivocaciones en el orden de la proyección, de modo que en ciertas oportunidades se veía antes el final, lo cual producía primero el estupor y luego la indignación del público y la consiguiente rechifla al operador.

También el dueño o el operador eran objeto de reclamos cuando la cinta se veía muy oscura (porque a la máquina no se le había cambiado los carbones) o cuando en los cortes repentinos se perdían escenas o cuando la cinta saltaba y no se podía leer. Ruben Atilio Palmieri fue operador de las máquinas de proyección del Armonía, quien fue sucedido por su amigo Carlos Alberto Cesanelli durante años.
Aquí una toma de un sector de la sala de cine "Armonía" cuando el concesionario era Alberto Pentimalle, con publico de la más variada edad.


Años más tarde llegaría la pantalla gigante del “Cinemascope”, para lo que debieron agrandarse los lugares de proyección.

Ambas salas poseían butacas de madera y el piso no tenía ningún desnivel, por lo cual era un buen problema cuando adelante se sentaba un “lungo” o un “gigantón” de espaldas anchas o una pareja que aprovechaba para estrechar vínculos sin interesarles demasiado la película.
En el hall del cine Armonía se hallaba la boletería y por allí se accedía a la sala de máquinas. En las paredes del vestíbulo se exhibían los afiches a todo color de las películas que se habían programado para las semanas venideras.

Las puertas de acceso eran tipo vaivén y si estaban bien aceitadas las bisagras no hacían ruido, pero no sucedía lo mismo con el gran cortinado que estaba colgado con argollas a un caño metálico que al correrla producía bastante ruido, interfiriendo el diálogo que se desarrollaba en la pantalla. Generalmente se exhibían películas los días sábados y domingos, aunque en algunas temporadas se agregaban otros días a la semana con menor cantidad de público. Los domingos se brindaban tres funciones a saber: la sesión de la matinée, la del vermut y la sección noche
Frente a la camioneta el antiguo local donde los hermanos Romero tuvieron su Despensa, a continuación la Confitería del "Gato" Lamónica y pegado a la misma el Cine "Armonía", a su lado el edificio del Banco de la Nación.

En algunos veranos se supo agregar la sección trasnoche sobre todo cuando aparecieron las primeras películas de Isabel Sarli con los escandalosos desnudos para la época, “El trueno entre las hojas” fue uno de ellos.

La matinée a la que asistíamos en nuestra infancia incluía generalmente la proyección de los avances de próximas películas, seguidamente el noticiero nacional “sucesos argentinos” que se abría con un jinete montado a un brioso caballo, luego continuaba con un capítulo de “el zorro” , “el fantasma enmascarado” o “el llanero solitario”y en cuarto término venía la película. Los “cinco grandes del buen humor”, Luis Sandrini, Niní Marshall o el mejicano Mario Moreno alias “cantinflas” que nos hacían reír a carcajadas con sus ocurrencias.

En el “Don Bosco” se proyectaba generalmente el noticiero europeo “El mundo al instante” que comenzaba con la llegada de un avión, se abría la puerta y por la escalerilla aparecía una azafata con el logo entre sus manos. Después venía un capítulo de la serie Tarzán y luego la película.

Operador de las máquinas fue algún cura, (Ditler y otros) aunque también tuvo a su cargo esta tarea Benjamín Berrio y otros colaboradores.
 En el salón de la planta alta con boca para teatro funcionaba también el Cine "Don Bosco"

Del rincón de nuestra memoria de esos años recuerdo, por el impacto de la producción, una película de Walt Disney cuyo título era “El desierto viviente”. En realidad era un excelente documental sobre la flora y la fauna del desierto norteamericano. Las de cowboy con John Wayne, Gary Cooper o Alan Lad y las de guerra eran las que más atrapaban a los hombres. En cambio las mujeres preferían las comedias o los dramas, mientras que las policiales eran compartidas. Las de terror, tipo Alfred Hikcocht u Orson Wells, también eran atrapantes del público de variada edad y sexo.

El programa a veces incluía la proyección de dos películas con un intervalo propicio para estirar las piernas, tomar algo o ir al baño. Después de finalizada la función venía la reunión, café de por medio en la confitería del “gato” Lamónica o en el Club Social con los comentarios, discusiones o aclaraciones para quienes no habían entendido el argumento totalmente, sobre todo en las películas extranjeras subtituladas (Bergman por ejemplo). Antes de comenzar la función y durante el intervalo hacía su oferta dentro de la sala el “caramelero”, era la época del chocolate “suchard”, de los caramelos masticables “sugus” o de los chicles “adams”, aunque varios preferían la tradicional oblea “Rodesia” o la masita bañada en chocolate con sobrenombre de mujer “tita”.
Fachada modificada de lo que fuera el hall de ingreso al antiguo Cine "Armonía" de los Gilardenghy

En la década del 60 se abrió, en el local contiguo al Club Social la heladería “La Perla”, que se convirtió en otra opción para los afectos a las cremas heladas de elaboración artesanal, con atención al público en horario nocturno coincidente con la función de cine.

EL CINETEATRO
Así como los pioneros del biógrafo en Victorica fueron inmigrantes o hijos de inmigrantes, también la última inversión en un cine fue realizada por otro inmigrante, después de haber permanecido por varios años sin esta recreación.

Domingo Aranda Valenzuela, español que llegó a Victorica en la década del 60 como carpintero de la mano de los italianos Stutto, fue quien el 12 de agosto de 1979 inauguró el más moderno cine-teatro con instalaciones especialmente diseñadas al efecto, al que bautizó con el nombre comercial de su región de origen “Granada” y que en la velada inaugural de gala contó con la presencia en vivo del cantautor español Julio Iglesias.

Fue un acontecimiento excepcional para la época. En el hall se instaló una heladería con venta de golosinas. El maíz frito no era demasiado atractivo, porque era un consumo más hogareño, pero si hubo una época en que hizo furor la bolsita de semillas de girasol.
El último cine, cuyo edificio fue comprado después por una de las Iglesias no católicas.

Después Victorica, como tantos otros pueblos de La Pampa, se quedó sin funciones de cine. Había llegado la televisión (en 1972 se puso en funcionamiento el canal de aire estatal que desde la capital provincial fue llegando a través de repetidoras a casi todas las localidades mientras que en 1978 se incorporó el avance del color) y más tarde las reproductoras de video.

El cine pasó a ser el living de la casa y dejó de ser negocio rentable para los empresarios que alquilaban la sala del Cine Armonía. Alberto Pentimalle se fue de Victorica en los 70, después de haber intentado el cine ambulante en Carro Quemado, en Arizona-Anchorena (San Luis) y en Telén. El Don Bosco no pudo soportar el periodo inflacionario de la década del 80 y el mismo Aranda Valenzuela terminó vendiendo la sala para una iglesia y adquirió una empresa de cable local.

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