Casiana, Felipa, Delicia, Elina, Marcial, Cristóbal, y Trinidad “Tuca”, asistieron a la escuela de las chacras de Loventuel, donde Félix Romero era maestro y director.
Trabajaron en la chacra de Loventuel, criando algunos animales, sembrando maíz. Vendiendo las crianzas y la poca lana, la cerda de algunos caballos o los cueros.
Cuando los años malos de la seca, los ventarrones, la ceniza y la langosta, de la cruel década del 30, la producción de esa chacrita no alcanzaba para abastecer las necesidades familiares. De modo que algunas de las hijas se casaron y otros se fueron a probar suerte a Buenos Aires.
Abuela Elina sentada con vestido negro, sostiene en su regazo a Hugo Roldán. Nuestro padre me sostiene en brazos y mamá Trinidad embarazada de Irma. La señora de vestido negro y zapatos blancos es doña Angeles Piorno de Martín y el que esta parado al centro sobre el estribo es el "Chino" de la Nava.
Previendo la soledad, la abuela Elina se preocupó por tener alguien a su lado para los menesteres, que le pudiese ayudar cuando sus fuerzas comenzaran a flaquear. Así fue que el Anacleto Buenaventura García, (alias el “Negro de la Chacra”) a quien había criado desde muy niño, aprendió a andar a caballo, a encerrar las lecheras, a hachar leña, a sembrar maíz con el arado mancera.
Todos los años la familia se reunía, a veces para navidad y año nuevo, otras veces en las vacaciones de verano o para los carnavales, que en esa época era feriado, o para festejar los cumpleaños de la Abuela Elina. En esas ocasiones chicos y grandes nos reuníamos alrededor de una mesa larga, a la que se le agregaban otras más pequeñas, o se improvisaba alguna con tambores y tablones.
El viaje desde Victorica se hacia por el camino que corre paralelo a las vías del ferrocarril Sarmiento y pasa por entre las chacras. Solíamos ir en el camión Rugby del abuelo Luis Cesanelli, dado que nuestro padre se había casado con Trinidad, la hija mayor del italiano constructor, o en la Ford “T”, también de su propiedad.
Tia Felipa, Abuela Elina, mamá Trinidad y papá Marcial en el camión del abuelo Luis Cesanelli de visita en la "Chacra de Loventuel".Para los niños, nuestra diversión diurna era andar por los corrales, descubriendo cada rincón desconocido, observando los animales, tratando de montar a caballo, tirarse al tanque a nadar o jugar con los huesos blancos y calcinados por el sol. Los que servían para improvisar autos, revolver, arcos, flechas, lanzas o bombas, según la experiencia personal o el grado de fantasía que cada uno aportaba. Por las noches los más grandes a la luz de los candiles, se aprovechaban de los más chicos para asustarlos con los cuentos de la luz mala, la viuda negra, o las apariciones de animales fantásticos.
La comida eran todos manjares, porque cada una tenía un gusto nuevo, dado que se preparaba mayonesa casera, salmuera bien picante para las carnes. Las empanadas de carne con aceitunas, pasas de uva, huevo y papa eran una exquisitez, lo mismo que las tortas fritas o los pastelitos que no solían faltar, a la hora del desayuno o la merienda.
Respirar ese aire de la chacra con otros aromas, que se diferenciaban de los del pueblo, era una experiencia distinta. Allí el olor a los corrales, la presencia de los animales, los lugares de carneada, la flora y la fauna silvestre, junto a alguna pequeña quinta donde había menta, perejil, ajenjo y otras aromáticas, además de choclos, zapallitos del tronco, a veces sandías, mezclados con el humo de la cocina a leña nos inundaba e impregnaba todos nuestros sentidos.
Ver preparar el fogón para hacer un cordero al asador, presenciar la carneada y la limpieza del animal era todo un espectáculo, que los niños observábamos con ojos bien abiertos y con mucho susto en algunos casos, al ver brotar la sangre.
A la sombra de los árboles en la "Chacra", con charango en la mano Modestino Perez, esposo de Felipa. Atrás Félix Saad, Emilio Rodriguez, esposo de "Tuca" y mi padre me levanta para que entre en la foto.Estando en la chacra, íbamos a visitar a mis padrinos, los Gouggy que vivían en una chacra vecina. Doña Atrael y don Juan no tenían hijos, aunque después adoptaron un niño. También íbamos a Loventuel a visitar a los Saad que tenían un boliche con cancha de bochas y hasta una pequeña despensita.
La abuela Elina cuando dejó la chacra compró una casa en la manzana de enfrente, calle por medio, de la casa nuestra, en una esquina frente a lo de don Manuel Gatica y lo de José Alonso. Desde nuestra casa, como la esquina estaba baldía, se veía la suya. La construcción tenía una parte de ladrillo asentada en barro y revocada más otras dependencias de adobe y habitaciones de ladrillo vista. Allí solíamos reunirnos para las fiestas de fin de año con nuestros tíos y primos que venían de Buenos Aires.
Alberto Rodríguez, hijo único de “Tuca” y Emilio. Hugo, Eduardo y Cirilo, los tres varones hijos de Cristóbal y “Nina” la misionera que había conocido cuando la Gendarmería en la que se había enganchado lo destinó a trabajar allí. Por esos días la casa de abuela Elina se llenaba de chicos. Los cuatro de Buenos Aires, a quienes nos sumábamos nosotros que éramos otros cuatro, más “Choly” hija única de Felipa y Modestino Pérez.
En el libro “Historias de Vida” le he dedicado otra página a la abuela criolla con mis vivencias en su casa de Victorica, en donde la disfrutamos los últimos años de su vida.















