lunes, 6 de agosto de 2018

Manuel Gatica, carrero de Victorica.

Dicen que por las noches, cuando la luna se enseñoreaba en la cima de "Los Pisaderos", se escuchaba el sollozo entristecido de un hombre. Es un “alma en pena”, decían los lugareños,  y agregaban como explicación, “es que no haya consuelo para descansar en paz”.
A veces, el silencio dejaba percibir el relincho de caballos, burros y mulas y una voz que les convocaba bajito  - “vamos, por acá están”.


Los perros del barrio se alborotaban y sus ladridos duraban hasta el amanecer. Los dueños no los podían hacer callar. Recién cuando el sol volvía a inundar con sus rayos, todos los recónditos lugares del bosque, se calmaban.
Él que se había curtido de andar entre yeguarizos, perros y hombres, esperaba hasta que alguna nube ocultara la luz de la luna, para desplazarse sigilosamente hasta donde están los carros que habían sido su rancho ambulante.

Al palpar el primero, que recorta su silueta entre dos troncos muertos de caldenes, su alma vibró por los recuerdos de tantos días y largas noches de faena agotadora. Por tanta fatiga en el pescante. Por muchos recuerdos de huellas y rastrilladas transitadas con lienzos de lanas y cueros, hasta la altura que se pudiera cargar.

El viejo Manuel, criollo puntano, vestía bombacha y alpargatas, camisa, faja negra a la cintura, pañuelo de cuello y sombrero de paño. Se sentó sobre el colchón de gramilla rastrera, como tenía costumbre y se recostó sobre una de las ruedas como solía hacer. Entrecerró sus ojos y se dejó llevar. Enseguida la remembranza lo invadió, comenzando a desfilar en el espejo de la laguna, escenas de su vida campesina junto a los carros,  perros y yeguarizos. 

Había nacido en el siglo XIX en los alrededores de la Villa de las Mercedes, provincia de San Luis en el seno de esa gran familia de los Gatica, que diera al país un campeón de los puños, que supo hacer tronar la popular en el Luna Park. Su hermana, que vivía en ese entonces -1963- en la Capital Federal, fue al velatorio del pariente que había llevado en alto el apellido, con la bravura y la potencia de su pegada.
Eran días, meses y años de dura travesía, parando solo para comer y hacer descansar los animales, dejar que pastaran y darles de beber. De paso bichar si por los alrededores había nidos de avestruces. La pluma tenía buen precio y una picana asada siempre era un bocado apetecido.

Se dejó guiar por los recuerdos, las sensaciones, las emociones y alcanzó a vislumbrar las grandes caldenadas, debajo de las cuales se solía guarecer cuando algún temporal se desataba sobre la comarca, al norte de Victorica. Lo primero que se le vino a la memoria fue aquel día en que el sol se cubrió. Hacía mucho calor, levantó la vista y vio volando millones de insectos. 

Un trecho más allá las escuchó comer, devorando todo lo verde que encontraban a su paso. Ese día sintió temor, ante el fuerte zumbido y el revoloteo constante, porque era imposible defenderse con el cuchillo o el wínchester contra las langostas. Sólo atinó a hacer ruido con una latas que tenía a mano. Luego se le vino a la memoria aquella gran nevada de agosto del año 1923, que cubrió todo de blanco, no dejando pasto libre para los animales, muchos de los cuales murieron. Miles de ovejas, también vacunos flacos y asimismo bueyes y mulas viejas, fueron víctima de esa ola polar, que invadió el bosque del caldenal.
A veces le tocó apechugar también las prolongadas sequías, como aquella que duró tres años consecutivos con poco más de trescientos milímetros escasos de promedio de lluvia por año. El año previo y el posterior a la celebración del Centenario de la Patria, aquí en el Territorio Nacional de la Gobernación de la Pampa Central, no había pasto ni grano para alimentar adecuadamente a  sus compañeros de la comarca pampeana. Los animales ramoneaban los cardos, y todo lo que estuviese tierno. 

Lo mismo cuando se produjo la caída de la ceniza volcánica el año 1932. Aquella madrugada Manuel  Gatica, olfateó el olor a azufre que lo invadió hasta los tuétanos. No hubo amanecer, pasaron varias horas hasta que ese polvo que caía del cielo dejara de acumularse sobre el pasto, los árboles del bosque y cubrir el lomo de animales y la superficie de todas las lagunas.

En la década larga que va de 1888 a 1900, las entregas se hacían en la barraca de Llorens, ahí se pesaba, se facturaba, luego se prensaba y se despachaba nuevamente hacia la estación más próxima. Después que se fundó Telén, a partir de 1901, Capdeville y sus socios pusieron en marcha una Barraca, donde llegaba toda la lana que provenía de la costa del Salado y también alguna del sur de San Luis.
La estación más próxima estaba muy lejos por aquellos años. Había que hacer más de treinta leguas para llegar a la cola de alguna de las estaciones de Toay. Que por lo pésimo del estado de las huellas, parecían más de cien.
El viejo Manuel, apenas comenzaba a amanecer mateaba, salía a recorrer las trampas de zorro y las de puma que tenía puestas en el trayecto y después churrasqueaba. Armaba un cigarro y luego se ponía en movimiento con su carro rumbo al sureste. En el trayecto se iban encolumnando los tropas de Peñalosa, José Carreño, de Hernández, de Liberato Miranda, Garraza, las de Máximo García, las de Valentín Ramos y otros de la amplia región. En Victorica en una manzana detrás del comercio de los hermanos Nicolás estaba la parada, amparados por la caldenada y algunos eucaliptus plantados por los colonos como cortina rompevientos. La otra parada estaba en el solar de la casa del padre de Valentín Ramos, allí atracaba don Juan Arias, Montenegro y otros arrieros y carreros.

El alma del conductor del “carro mulero” se fue a su lugar de descanso cuando escuchó a los hijos del italiano Marzano jugueteando en la laguna.
En la luna llena siguiente el ánima de Manuel Gatica buscó el otro carro, que lo había entrevisto debajo de una isleta de chañares. Al verlo, el espíritu se le estremeció de dolor, al tantear los despojos. No podía reconocer al antiguo carro que lo acompañó desde San Luis hasta el Echohue. Con él había andado por el sur de la tierra puntana buscando trabajo, luego enfiló hacia las hachadas de La Maruja, se fue arrimando a Eduardo Castex y luego bajó a Rucanelo donde además de hachadas había aserraderos, fueron varios años changueando  en distintas actividades.

Lo había traído de allá, y lo hizo arreglar alguna vez con el tano Ghizzo, que tenía la herrería a una cuadra de su rancho. Mientras las mulas y los caballos descansaban algunos días en el solar de la manzana, el italiano emparchaba, remendaba, engrasaba y ajustaba la estructura del carro, hasta que un día Manuel decidió encargarle a su amigo José que le construyera un carro nuevo. 

El vetusto y antiguo carro que había heredado de su padre, le haría un último favor. Servir de entrenamiento para su hijo Manuel. niño aún, pero ya fogueado en algunos trabajos de boyero. El chico tendría alrededor de doce años cuando le asignó la tarea. Había compartido con él muchos viajes desde que tenía diez años.  
El muchacho con toda su juventud, asumió el manejo del carro y le ayudó al viejo Manuel, que ya estaba llegando al medio siglo largo. Es que la década de 1930 no sólo trajo problemas climáticos de rigor, sino también problemas económicos que produjeron más pobreza, desempleo e inconvenientes para todos, pero especialmente para los carreros, que ahora además debían competir con los camiones y el ferrocarril que ya había entrado hasta Telén.


Pero, como los caminos aún seguían siendo huellas, todavía los carreros tenían trabajo en la travesía. Ahora no solo transportaban lana, que se había apocado, sino alambre y postes para los campos. Materiales de construcción para  los dueños que estaban construyendo las estancias. molinos y tanques australianos que se estaban instalando en las nuevas aguadas. También leña y madera desde los aserraderos a las panaderías o arena de calle, olivillo de los médanos y leña para los hogares, eran las nuevas tareas que les permitían hacer unos pesos en el pueblo. 
Eso exigía sembrar centeno en el solar para mantener  la recua de mulas. Si no se salía al campo se perdían los ingresos que provenían de la caza del zorro y el puma, por eso el viejo Manuel le enseñó a su hijo el oficio de artesano del cuero. Primero para saber arreglar sus propios juegos de riendas, monturas y demás arneses y luego para vender algunas piezas por encargue.

También en esos tiempos “muertos”, aprovechaban para pasarle una mano de aceite quemado a todas las maderas de los carros, que se lo regalaba su vecino don Roberto Pagella, a quien le solía retribuir esa atención con algún producto de la caza.
Por supuesto que había que salir a cazar, porque todavía quedaba algún guanaco, o venado de las pampas, entre las especies grandes. Pero también estaban las vizcachas, el jabalí, el peludo, piche, la perdiz y la martineta.

En esas cavilaciones andaba el viejo Manuel cuando fue sobresaltado por unos muchachones que se acercaron al carro y sustrajeron varias tablas y salieron disparando hacia sus ranchos.
Le dio una pena enorme, aunque no pudo llorar, porque intuyó para sus adentros que estaba observando con su corazón, "otros tiempos". 
Es que ya lo había expresado Hernández en su “Martín Fierro”, ese poema gauchesco que pinta las peripecias e injusticias de la vida de los paisanos y los gauchos argentinos.


"En semejante ejercicio
se hace diestro el cazador;
cai el piche engordador,
cai el pájaro que trina:
todo bicho que camina
va a parar al asador.”

Claro que habían quedado pocas lagunas con patos y flamencos en la región. Cuando el agua escasea las aves emigran, pero la paloma montera siempre estaba aguantando.
Los carros habían sido donados por su hijo para que fuesen exhibidos allí como un símbolo de lo que fue el esfuerzo de los pioneros que llegaron al Fortín Resina, primero y al Fuerte Victorica después.

Carros que son parte indisoluble de la historia viviente de la primera población en el Territorio Nacional de la Pampa Central, que bien ganado tenían su cuidado y preservación como patrimonio de la cultura del transporte y las comunicaciones.

Desde esa noche el alma del viejo Manuel no se escuchó más, se refugió definitivamente en la parte más linda de la travesía que su cuerpo y espíritu habían disfrutado profundamente, durante su larga vida de carrero.

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