domingo, 24 de octubre de 2010

LOS HERMANOS ROMERO

Sentados desde la derecha Marcelo Rochereul y en segundo lugar Secundino Romero, el señor de traje y sombrero es el maestro Alberto Gómez Huarte el Director Técnico


Victorica, (antes Echohué), enclavada en la antigua rastrillada de “Las Víboras”, ocupada tímidamente luego de la culminación de la batida final de lo que se llamó “Conquista del Desierto”, en el Territorio Nacional de La Pampa, fue punto de atracción, para quienes buscaban hacerse de nuevas tierras o instalarse con pequeños comercios para atender la extensa campaña, que se iba poblando de cristianos, luego del desalojo de los aborígenes hacia la precordillera.



Aún antes de la llegada del ferrocarril al pueblo, que se fundó el año 1882 (según las constancias oficiales del Ejército Nacional) ya algunos inversores de origen español, que por diversos motivos extendieron sus actividades hacia el interior de la antigua frontera, habían comenzado actividades agropecuarias.
A la derecha todo de blanco con moñito y mano a la cintura Secundino Romero, detrás con sombrilla don Roberto Pagella

Así los casos más arquetípicos podrían ser la de los españoles Máximo García, la de Ramón Galíndez Orueta y la de don Modesto Gómez-Mentasty, quienes se trasladaron con sus familias y haciendas desde campos de la provincia de Buenos Aires, hacia campos que adquirieron al norte de Victorica y sur de San Luis alrededor del año 1888.
En lo que respecta a la actividad comercial, el mayor Almacén de Ramos Generales pertenecientes a españoles se instaló en Victorica el año 1892 de la mano de la firma J.Llorens, J.Antich que tenía la casa central en Trenque Lauquen, provincia de Buenos Aires.


Aunque con anterioridad y a partir de 1887 se había abierto el Almacén de don Lucas Viniegra, que perduró en manos de sus sucesores más de noventa años.


El Ferrocarril del Oeste ingresó a prestar servicios permanentes en la zona el año 1908, con la línea que saliendo de Estación Once, pasaba por General Pico, Eduardo Castex y tenía como punta de riel Telén, una colonia francesa.
Es probable que el servicio de pasajeros del ferrocarril haya permitido la llegada de otros españoles en busca de trabajo y sobre todo de coterráneos, parientes o amigos que ya estaban instalados. Así sucedió por ejemplo con los Berazategui, el mayor de los cuales llegó a Victorica el año 1913 y comenzó ayudándole a su tío don Bautista Padrones, quien trabajaba para don Luis Gómez acopiador, que tenía campo más al oeste.



Por otra parte y vinculado a los inmigrantes españoles, parece que ya para el Primer Centenario de la Independencia Argentina había suficientes hijos de la Madre Patria en Victorica, dado que en el mes de Octubre de 1910 el diario “La Capital” inserta la noticia sobre inquietudes que denotan la intención de constituir una Sociedad de Socorros.






Cuando llega el Centenario de la Independencia en 1916 la Entidad ya está en marcha y aunque desconocemos la fecha exacta de fundación la “Sociedad Española de Socorros Mutuos” ese año era presidida por el señor Luis Gómez, siendo Secretario don Juan Giménez y Tesorero don Antonio Fuentecilla.



Toda esta introducción es para contextualizar la llegada a Victorica de dos hermanos españoles, de la que no tengo fecha precisa, ni mayores datos sobre su ingreso a la Argentina y el itinerario que realizaron para llegar hasta el primer pueblo de La Pampa. Se nos ha informado que eran oriundos del pueblo de Covaleda perteneciente al Municipio de Soria. inserta dentro de la Comarca de Los Pinares, por el predominio de diversas variedades de pinos (España). El mencionado Municipio se encuentra a una altitud de 1.114 metros sobre el nivel del mar y está atravezado por el río Duero de noroeste a sureste.



La primera noticia que tengo sobre Basilio y Secundino Romero, la encuentro en un par de antiguas fotografías del personal del Almacén de Llorens justamente, donde se puede observar entre otros a Secunino Romero, quien formaba parte del importante plantel que trabajaba para la firma en sus distintas actividades. Probablemente dichas fotos sean de mediados de la década del veinte, cuando todavía la firma Llorens, Antich y Cía. conservaba una actividad comercial muy importante en la zona que se había extendido con una sucursal hasta Santa Isabel en la región del rio Salado.





El año 1923 se había fundado el Sportivo Cochicó, que concitó el entusiasmo en la juventud de aquella época por el deporte que se expandía en la Argentina: el futbol. Secundino Romero formó parte del equipo de la segunda división de Cochicó, junto a los hermanos Rochereul y otros jóvenes.
Años después de la crisis mundial del año 1930 que impactara de lleno en la Argentina y también en el Territorio Nacional de La Pampa a partir del año siguiente, las actividades de la firma Llorens comenzaron a contraerse. Se cerró la Sucursal de Santa Isabel y después se subdividió el “Ramos Generales”. Así la sección Tienda, quedó en manos de Vidal Sáenz, la Sección Almacén y Concesionaria de Automóviles pasó a manos de Gaudencio Pablo. Los Romero eran parientes con Gaudencio Pablo.



Otros ex empleados se instalaron con almacén por su cuenta o iniciaron actividades relacionadas con su experiencia. Así sucedió con José Eguía que puso en marcha un Almacén y con Roberto Pagella, que se inició con el taller para automóviles.



Es probable que para esa fecha y hacia fines de la década del treinta, la de los “años malos” en La Pampa, por la década de sequía, de vientos que volaron los campos, por las cenizas del “Descabezado” que arruinaron las pasturas y aguadas y por la plaga de la langosta que azotó los sembrados, Secundino Romero se haya desvinculado también de la firma Llorens.



Los hermanos Romero alquilaron un local a don Emilio Gilardenghy, situado entre la “Confitería y Bar La Armonía” y el edificio del “Club Social”, frente a la manzana donde estaba aún el antiguo edificio de la escuela nacional Nº 7.
Su relación con los proveedores, corredores, viajantes de comercio, le facilitaron probablemente la conexión con las casas de Buenos Aires de las que se hicieron clientes. Así comenzaron los hermanos Romero a trabajar en su Almacén, de menor tamaño que el de los Imbelloni, de los Julio, de los Moisés y de los Nicolás, pero que contaba con la ventaja de estar en la zona céntrica y tener un surtido de productos frescos y de los que se vendían al peso o sueltos.



Basilio Romero de anteojos a su derecha Gladys Guaycochea y a la izquierda Estanislao Guaycochea


Habían seleccionado la clientela y algunos tenían cuenta corriente, de modo que los chicos y chicas que hacíamos los mandados a fines de la década del cuarenta y en el cincuenta, nuestras madres, tías o abuelas nos daban las anotaciones e íbamos al Almacén de los “Gallegos Romeros”, como les decía comúnmente la gente a todos los españoles (salvo a los vascos), a realizar las compras.



Allí trabajaron juntos, sin empleados, los hermanos Romero, cumpliendo rigurosamente con la hora de apertura y cierre de su comercio. Casi todas las chicas y chicos de aquella época de las décadas del cuarenta y del cincuenta los recordarán, porque todavía era el tiempo de la “yapa” y generalmente el más predispuesto a darla por su manera de ser era Basilio, más conversador, pero al que había que aguantarle una broma que era el tomar de los cachetes y hacer girar sus dedos sobre los mismos, produciendo a veces un dolor que hacía ver las estrellas, y también el cambio de color de la piel por un buen rato.



Fuera de su vida comercial la comunidad los vio participar en el deporte. Ambos hicieron futbol hasta que ya entrados en años tuvieron que inclinarse por otras actividades. Basilio hizo pelota a paleta, en la cancha de Reale como en la que después en la década del cincuenta construyeron los Salesianos. Allí compartió con aquella camada de pelotaris, entre los que estaba nuestro padre.
Se los solía además ver en la Confitería no sólo jugando al mus con sus amigos, los españoles de la “Tienda Los Sorianos”, los Izquierdo y los Martínez Sanz, además de los Cabal y otros parroquianos de la colectividad española. A veces se trenzaban al dominó.



Secundino participó de las actividades de la Biblioteca “Bartolomé Mitre” e incluso integró en alguna oportunidad la Comisión Directiva.
Durante muchos años fueron pensionistas de la familia de Estanislao Guaycochea. Allí compartieron la habitación y las comidas diarias. En esa pensión solían albergarse también cuando venían al pueblo otros coterráneos como don Jesús Alonso Boves del paraje “Árbol Solo”.



Cuando hacía ya más de cuarenta años de estar en Victorica, Secundino hace un viaje a su España natal y de allí viene entusiasmado de regresar a su Patria a gozar de su jubilación y pasar sus últimos años.
Después de discutir la idea con Basilio, se pusieron a la tarea de liquidación de las existencias del negocio, cobrar las cuentas pendientes y prepararse para el regreso a su añorada España. Esto fue en la segunda mitad de la década del sesenta.




Les organizaron una despedida en el ex Hotel Francés de los Cazaux, bajo la administración de la familia de Nuncia Figueroa e hijos, a la que concurrieron muchas amigas y amigos de más de cuatro décadas de compartir la comunidad victoriquense.



Cuando volví a Victorica, me lo encontré a Basilio en la Farmacia del Pueblo de Domingo Frois Regis. El amigo de la juventud, lo había albergado en su casa familiar. Después me contó don Domingo que Secundino se había vuelto porque en España no encontró a nadie con quien compartir, dado que sus parientes habían muerto y amigos no tenía o los de la juventud ya no estaban en el lugar.
Esa desazón, esa tristeza lo incitaron a regresar a Victorica. Su hermano quedó allí en España y el vino a pasar sus últimos años en la Victorica de la década del setenta, que aunque tampoco ya no era la que habían conocido a su llegada, probablemente en la década del veinte. Se sentía mucho mejor y más acompañado por su gente.

El edificio de planta baja (pared blanca y aberturas negras) era el local donde funcionó el Almacén de los Romero

El billetero, “el gallego” Álvarez, que todas las semanas los visitaba en dos o tres ocasiones, había fallecido, el toma estados de la Cooperativa de Electricidad don Antonio Barreix también. La familia López Scala ya no vivía más en el pueblo, el diariero Rafael Piccolomini que todas las semanas les acercaba los diarios y revistas que compraban también había envejecido y había dejado el reparto.
Pero estaban los hijos de sus amigos y clientes, que habían visto crecer y aunque Basilio a muchos ya no los reconocía, ellos sí lo saludaban atentamente con toda cordialidad, a este hombre que ahora caminaba solo, rumbo a "Los Pisaderos" cavilando con sus recuerdos.

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