lunes, 21 de junio de 2010

VICTORICA DE ANTAÑO (I): La Llegada

En su folleto titulado “Félix Romero y la Biblioteca Popular Bartolomé Mitre de Victorica”, el señor Pedro Telmo Lobo, ensaya una especie de biografía que enlaza con algunos comentarios de los lugares en que le tocó actuar, a lo largo de su vida.
En el Territorio de La Pampa lo hizo no sólo en Victorica, sino también en Santa Rosa y en General Pico, donde ejerció el periodismo y participó de la política lugareña de aquellos años.
Es interesante rescatar algunos de sus párrafos, porque describe sintéticamente La Pampa y Victorica de los primeros años del 1900 y algunos de los personajes que conoció en su convivencia entre 1901 y 1906.

Era hijo del juez de paz del Departamento Loventue don Ángel Lobo (circa sesenta años) y cuando este enfermó le tocó venir a auxiliarlo, dado que era viudo y provenía de Santiago del Estero. Aunque tanto su padre como su madre eran catamarqueños de nacimiento.
En “mil novecientos uno llegué yo –expresa Pedro Telmo Lobo- maltrecho a Victorica: viajando catorce horas consecutivas por ferrocarril desde la estación Once de Buenos Aires a la General Lagos de la flamante segunda capital pampeana sucedánea de General Acha, Santa Rosa de Toay, y desde esta otra casi dieciséis más por tracción a sangre en la galera o mensajería de postas –transporte de pasajeros, correspondencia, equipajes y cargas livianas-, conducida por su empresario y contratista del servicio oficial don Matías Aspiróz.”

Y agrega el joven Pedro Telmo otro dato para que el lector se ubique: “Recién cumplidos en aquella metrópolis mis dieciochos años de edad y los estudios de bachillerato nacional.”

Paso al párrafo donde relata su encuentro con el también por entonces joven Félix Romero, aunque con algunos años más que el nobel bachiller. Dice Lobo “Pronto trabé relación con Romero. Al día subsiguiente de mi estada, por la tarde, visitando con mi padre al mayor don Adolfo Corbalán en su domicilio. Ahí Romero, infaltable al campechano rato casero charlando y saboreando la infusión del mate criollo sorbido en bombilla de plata labrada.”

Y acota a continuación la primera impresión que le causó el encuentro: “Me agradó la reunión a inversa del trayecto incómodo hasta allí pisoteando y hundiéndome los pies entre la medanosa arena volandera de las calles, azotado el cuerpo por el viento pampero rugiente en oleadas enceguecedoras y hastiada la retina ante tanta topografía hirsuta de los solares baldíos sin desbrozar invadidos de olivo silvestre y pasto puna.”

Este párrafo que comienza con una sensación agradable y continúa con una descripción literaria bastante quejosa de las calles y el clima de Victorica de antaño, continúa luego con sus recuerdos placenteros: “Pero valía esto aquella tertulia franca, especialmente la simpatía que me infundió la sonrisa bonachona de Romero frecuente en su rostro cetrino. Maguer su hablar parco, su aspecto magro y su desaliño en el vestir, empero aseado. Tal simpatía fue recíproca y cundió en amistad duradera.”

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