miércoles, 6 de mayo de 2009

CURANDERISMO Y REMEDIOS CASEROS

En todos los pueblos de La Pampa, se han mezclado los conocimientos de los aborígenes, los criollos y los inmigrantes con respecto a la forma de tratar distintas enfermedades, afecciones, dolores y los remedios a utilizar para controlar cada dolencia, cada malestar, a veces alimentados por sugestiones o problemas psicológicos.

El curanderismo le ha ganado no pocas veces la partida a la ciencia, propagándose de boca a boca, de una generación a otra, basándose o amparándose en la ignorancia por una parte y en la pobreza por otra.

La tradición oral, corregida, aumentada y mezclada con creencias y costumbres ha afianzado a lo largo de las décadas, muchas curas a veces con la palabra, otras con instrumentos caseros y otras con el empleo de distintos placebos. Es que la “ojeadura”, el “gualicho”, el “empacho” y otras manifestaciones parecidas. O el dolor de muelas, las lumbalgias, las verrugas o los orzuelos, han tenido practicantes con los más diversos resultados.

Los jóvenes médicos, que recalaban en los pueblos, tenían a menudo una opción de hierro: le declaraban la guerra abierta a través de la denuncia de éstas prácticas no autorizadas y que en muchos casos ponían en peligro la vida de las personas y de la salud pública, o trataban de comprender el fenómeno y de encauzarlo, distinguiendo lo que tenía sustento vital y que ayudaba al enfermo a superar el trauma, de aquello que era puro y vil comercio en boca de inescrupulosos, charlatanes que aparecían de vez en cuando ofreciendo curas milagrosas.
El chañar, es una de las tantas plantas, que conviven dentro del bosque del caldenal. Su corteza que envuelve el tronco era usado por nuestras abuelas para hacer té con azucar tostada para la tos. (Foto Emanuel Roldán febrero 2009)

DOÑA MARIA
Frente a la puerta de acceso al cementerio de Victorica estaba situada la manzana donde tenía su ranchito doña María. Paredes de adobe, techo de chapa, cielorraso de arpillera blanqueada a la cal, piso de tierra, canaletas para juntar agua llovida en un tambor. Gallinero, donde se mezclaban gallinas, gallinetas, patos y hasta un hermoso pavo real que era el atractivo de grandes y chicos cuando abría su inmensa y multicolor cola. Una chiva lechera y un macho cabrío junto a algunos cabritos en el corral, dos perros y montón de leña en el patio que estaba prolijamente cercado con ramas. Algunos chañares, molles, caldenes y tamariscos rodeaban el ranchito protegiéndolo de los vientos.

Doña María era una criolla catamarqueña, de modo que desde allá le mandaban algunas hierbas no conocidas en La Pampa y que ella empleaba para las tisanas, ungüentos o friegas.

Un poco más atrás desde donde tomé esta foto estaba el ranchito de doña María, que fue demolido hace muchos años. Pero en los abuelos aún quedan los recuerdos de esta "manosanta". (Foto Lerc enero 2009)

Era experta en preparados en los que mezclaba grasas de distintos animales, alcohol fino, hierbas y ciertos granos. En la habitación donde practicaba sus curaciones había un olor intenso a estos elementos combinados además con aromas de alcanfor, azufre y otros olores como el de la lámpara a kerosén con la que se alumbraba. En las paredes había estampitas de la virgen María y de la virgen del Valle, del sagrado corazón de Jesús y algunos santos. También cabellera humana de donde pendían algunos peines.

De un enorme baúl doña María extraía envoltorios de trapo blanco, a veces papeles o bolsas de papel madera, otras algodones o gasas donde tenía almacenados a resguardo del calor o del frío según fuese la época, los productos de su farmacopea y herboristería. Carqueja, poleo, malva rubia (para lavativas y afecciones del pecho), cepa caballo (utilizada por los indígenas como diurético y para tumores o heridas) y pelo de choclo (infusión que limpia las vías renales) eran algunos de los tantos. En unos estantes de madera una doble fila de frascos y frasquitos conteniendo pastillas, cenizas, líquidos, granos y yuyos: carqueja, buche de avestruz, buchina, manzanilla, lino, hinojo, cáscaras de naranja y limón. Molle, cebada, untura y pomada blanca, talco, agua oxigenada, aspirinas y sellos o cápsulas, preparadas por algún farmacéutico amigo.

Por supuesto que doña María no cobraba, pero aceptaba lo que el paciente dejara a voluntad. Aunque hacía saber cuánto le habían costado conseguir el envío de los yuyos milagrosos como para orientar al agradecido paciente. En ciertas ocasiones los más gratificados le hacían algún regalo, que ella se encargaba de mostrarlo a los demás visitantes para que sirviese de ejemplo.

EL ESPAÑOL DEL AGUA FRIA
Don Benito Iglesias era un español de esos tantos inmigrantes que recalaron en las primeras décadas del siglo veinte en Victorica, atraídos seguramente por las mentas del futuro porvenir comentado por viajantes de comercio y ferroviarios.

La patriarcal figura de don "Pancho" Sierra, el mentado bonaerense que ejercía la cura mediante la hidroterapia. En casa de la abuela Jacinta había un cuadro con su figura, al que se lo beneraba como un santo.

Su capacidad para las curaciones estaba relacionada con el uso del agua fría, lo cual le daba un atractivo particular, porque se salía de las curas tradicionales con hierbas, la palabra o diversos placebos.

Tenía su casa a dos o tres cuadras de la plaza para el lado del barrio de los Nicolás. Lo más atractivo que seguramente contribuyó a la expansión de su fama no fueron los baños de inmersión, ni los paños de agua fría, sino la utilización de botellas llenas de agua fría que aplicaba a sus pacientes achacados de distintos dolores.

Su tratamiento había superado el de las rodajas de papas en ambas sienes y se había impuesto como eficaz sobre todo para las cefaleas profundas y para migrañas complejas de esas que “parten la cabeza”, que toman el ojo con un dolor intenso y que dejan de cama desde los niños, pasando por jóvenes hasta los adultos.

Seguramente don Benito tendría en su consultorio una fotografía del legendario manosanta bonaerense don Pancho Sierra, maestro de la hidroterapia con agua fría. La gente no sólo de Victorica, sino del ámbito rural y de los pueblos vecinos acudía a sus terapias dentro de las que ofrecía también las ventosas, a las que una porción del pueblo era muy afecta en aquella época.

Alfonso Palmieri recordaba que siendo repartidor de la panadería de don Andrés Figueiro, cierta vez iba a los campos de la zona de Carro Quemado y Loventuel a entregar galleta y llevaba una damajuana de “agua curativa” que mandaba Iglesias para el señor Piorno que según él tenía una enfermedad incurable. Como el camión levantó temperatura y el radiador se le quedó casi sin agua, echó mano de la damajuana para salir del paso. La vació en el radiador y así pudo continuar el reparto, en la primera “bebida” que encontró, la volvió a llenar y así se la entregó a don Piorno que jamás se enteró del cambio de agua.

1 comentario:

  1. Soy creyente y me gustaria saber curar el empacho se que se puede curar con una oracion en pascuas o el 24 en nochebuena edespues de las doce.me gustaria aprender la oracion .Muchas gracias Dafne

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