viernes, 11 de julio de 2008

LOS MEDANOS DE LA INFANCIA

Riela de Peralta (vestido negro) y sus cuñadas
Victorica década del 50.
Foto Album familiar Antonio "Cacho" Peralta.




Desde que momento aparecieron allí, no era un dato que en esos tiempos nos inquietara. Era un lugar encantador de fina arena color ocre, que a todos los niños nos atraía. Solo era muy incitante que estuvieran y sobre todo cerca de nuestra casa, porque cuando se nos ocurría íbamos con mi primo Coco, o el Anacleto, el criado de la abuela Elina u otros amigos del barrio, a jugar y revolcarnos, hasta quedar extasiados.

Lo más lindo era dejarse caer y rodar y rodar desde la cima hasta el pie del médano compuesto por arena limpia, finísima y que con solo pasar nuestras manos por la ropa golpeando suavemente no quedaba rastro de habernos tirado de panza o prácticamente zambullirnos en ese mar de arenas marrón claro. Distinta a los montículos de arena de río que el abuelo Luis solía tener cerca de la mosaiquería, más gruesa y más molesta, aunque también distinta por las piedritas y sobre todo la mica que encontrábamos al hurgar en ella.

Aunque a veces no nos dábamos cuenta que un poco de ese médano se había filtrado en nuestras zapatillas o se había quedado en la bocamanga de nuestros pantalones o en los bolsillos y eso nos delataba ante los ojos inquisidores de nuestra madre.

Siempre era hermoso el espectáculo, a la mañana con el rocío, por la tarde al caer el sol. A la hora de la siesta con el sol ardiendo en el verano, la arena quemaba los pies. En el otoño con las lluvias, la arena más firme permitía cavar y hacer cuevas o pistas para los autitos rellenos de plastilina o con contrapesos de plomo. En el invierno cuando los vientos de julio y agosto los peinaban, nuestras huellas se borraban rápidamente. A veces aparecían los cardos rusos rodando sobre su lomo impulsados hasta el bajo.

De noche cuando había luna o por las tardecitas cuando el sol se inclinaba en el horizonte, el espectáculo era maravilloso. Todos esos panoramas tenían su belleza para nosotros, que disfrutábamos con las vueltas carnero, o las vueltas en tirabuzón, sin tener en cuenta el reloj, ni las prevenciones sobre la higiene.

Salíamos de nuestra casa, pasábamos por lo del abuelo Luis, cruzábamos la calle rumbo al oeste, en la esquina estaba la casa de doña Jacinta Sosa viuda del “desgraciado” de Núñez, como ella misma decía, una lavandera y planchadora. Enfrente la Barraca de Eladio Rodríguez, con ese penetrante olor a fluido desinfectante que nos impregnaba la pituitaria, hasta el estómago. Sobre la mano derecha a mitad de cuadra, la casa de los Medero-Lonati, la curandera del empacho por el método de tirar el cuero para despegarlo de la columna vertebral, que en vez de talco utilizaba ceniza calentita del cernidor de la cocina a leña.Cruzábamos la otra bocacalle y en esa esquina estaban las viviendas de don Doroteo Alfonso y de don Julián Aguirre, donde casi siempre había autos viejos desarmados, motores destripados, camiones o camionetas en arreglo. Hacíamos unos pasos más y ya comenzaban las estribaciones de los médanos, a cuyo costado del camino había romeros, cardos, ortigas, pichanas, yerba de sapo, abrojos y revienta caballos.

En la esquina izquierda estaba la quinta de los Marzano, rodeada de tamariscos y generalmente tapera, con la puerta de alambre cerrada con candado. En el patio se solían ver algunas parras y frutales abandonadas y a veces don Miguel entraba o salía con su caballo al que cabalgaba con una montura de esas que los cowboy usaban en las películas, seguido por un perro galgo que a veces se trenzaba con otros vagabundos que andaban por el lugar.

Lo primero que hacíamos al llegar era subir y bajar corriendo y volver a subir al otro lado, desde donde mirábamos, mientras descansábamos, los poquitos ranchos y a lo lejos una construcción que era la antigua quinta de los Mazzuco, donde vivía uno de sus hijos que tenía de taxi un Ford A.

A veces explorábamos los alrededores y nuestra vuelta a casa se producía no por el mismo camino que habíamos utilizado para ascender, sino por la ladera sur, en cuyo caso íbamos a dar con la casa de don Waldino Alarcón, porque por esa zona había plantas de moras en la vereda, que cuando estaban maduras eran un manjar. O a veces por la ladera norte y en ese caso desembocábamos cerca del rancho de los Millahueque, volviendo por la huella, cansados pero contentos. Algunos con la honda intentando cazar pajaritos, otros con las bolitas por si salía alguien que aceptara el desafío, cuyo duelo se armaba allí nomás, en la vereda o en la calle donde el piso estuviese mejor.

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